Francisco Fernandoy, glaciólogo: Espíritu de explorador | Noticias Universidad Andrés Bello
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• Desde que visitó en 2002 por primera vez la Antártica, este docente de la carrera de Geología de la Sede Viña del Mar no ha dejado de viajar hasta zonas prácticamente inexploradas. Su principal objetivo es acceder a glaciares y así reconstruir la historia climática de nuestro planeta. Recientemente ganó un proyecto de la National Geographic Society, que lo llevará el próximo invierno a los Campos de Hielo Sur. Además, fue nombrado por el Ministerio de Relaciones Exteriores como integrante del Comité Nacional de Investigaciones Antárticas.

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Escrito por: Eliette Angel V.

Los glaciares en Chile ocupan 23.641 km2, prácticamente el mismo tamaño de toda la Región del Biobío (la segunda con más habitantes en Chile). Ahí mismo, a la Universidad de Concepción (UdeC), llegó en 1998 a estudiar geología Francisco Fernandoy, glaciólogo y académico de la carrera de Geología de la sede de Viña del Mar de la UNAB.

“En el colegio era súper flojo. Lo de salir a la montaña empezó en la universidad. Pero siempre me ha gustado el hielo y la nieve, probablemente porque vengo de Punta Arenas”, comenta el doctor Fernandoy, quien se sumó a la UNAB en 2012 en cuanto terminó su doctorado, para hacerse cargo del Laboratorio de Análisis Isotópico (LAI-UNAB) de la entonces recién creada carrera de Geología.

El vínculo de Fernandoy con el hielo como campo de estudio parte en 2002, cuando la profesora de la Universidad de Concepción, Sylvia Palma-Heldt lo invitó por su experiencia en montañismo a participar de una expedición a la península antártica (la porción más cercana al continente sudamericano). El objetivo era encontrar restos fósiles de bosques que existieron hace millones de años y que son una de los mejores evidencias que todo formaba parte de un gran continente llamado Gondwana que, en algún momento, se separó. La idea era determinar si en esa zona estuvo unido por el lado chileno o por el argentino (después confirmaron que fue por nuestro lado).

Por razones climáticas, sólo llevaron a Fernandoy y al entonces estudiante de doctorado Marcelo Leppe -hoy director nacional del Instituto Antártico Chileno (INACH)– hasta la isla Livingston (archipiélago Shetland del Sur). “Nos dejaron en el campamento con unos biólogos que estaban estudiando lobos marinos de pelo fino y fue sólo para que estuviésemos con gente, ya que nosotros no teníamos nada que hacer ahí porque era una zona de roca volcánica”, recuerda. Y claro, por donde pasó lava hirviendo, imposible encontrar fósiles de hojas y bosques (rama conocida como paleobotánica). Una ironía, porque después, para su tesis de pregrado, Fernandoy decidiría estudiar la composición química de un mineral llamado zeolita que está en algunas de estas rocas volcánicas.

El primer momento “Eureka”

El primer viaje de Fernandoy y Leppe a la Antártica no podía ser un fracaso, así que exploraron por todos lados. Pero nada. Hasta que divisaron que más allá de un glaciar, habían unas rocas no volcánicas. Decidieron ir. Mientras el joven Fernandoy cruzaba rápidamente el glaciar, Leppe se sentó a descansar en una morrena (loma formada por “restos” del glaciar, por ejemplo, cuando avanza o retrocede). Entonces, al mirar el suelo, encuentra unos fósiles y llama por radio a Fernandoy para que vuelva.

“Fue súper motivante para nosotros en ese minuto. Fue lo que abrió el campo de investigación. Seguimos yendo a ese y otros lugares en la misma isla por varios años con ese proyecto”, comenta sobre su primera experiencia descubriendo “cosas interesantes” junto a Leppe. Otra vez encontraría un pez del tamaño de una sardina en plena Antártica.

Fernandoy estaba en su elemento en medio de la nieve y el hielo. Pero no deseaba dedicarse a la paleobotánica. Entonces entra en juego otro profesor, Guillermo Alfaro, experto en exploración de recursos energéticos y quien falleció el año pasado. “No sé, le caí bien, nos hicimos bien amigos. Cuando hice mi tesis de pregrado, le fui a pedir ayuda para utilizar uno de los laboratorios del instituto de investigación donde él trabajaba”, comenta. Quería estudiar las zeolitas, abriéndose un nuevo campo de investigación: la geoquímica.

En paralelo, Alfaro Hanne, descendiente de alemanes, lo estimulaba a estudiar un doctorado en el país teutón. Buscaban un lugar donde se combinaran todos los intereses de Fernandoy y así llegaron al Instituto de Investigación Polar y Marina “Alfred Wegener”. “Empezamos a mandar e-mails hasta que no sé, yo creo que por aburrimiento, nos contestaron”, cuenta. Así parte en 2007 a Potsdam, a escasos kilómetros de Berlín (la capital alemana). Fernandoy seguiría vinculado a la geoquímica, específicamente a la reconstrucción climática gracias a los isótopos estables. Y también seguiría al hielo, a los glaciares, las mayores reservas de agua dulce en el mundo que se han visto fuertemente afectados con el cambio climático.

Viajando al pasado

Los glaciares están formados por capas de nieve que se van acumulando y compactando por miles de años. Por lo mismo, son verdaderos testigos de cómo el clima ha ido evolucionando. Pero, ¿cómo extraerles esa información? Gracias a los isótopos estables. Pensemos en el oxígeno (O), cuyo número atómico es 8, es decir, tiene 8 protones en su núcleo. Lo que puede variar es su número de neutrones, puede tener 8 (Oxígeno-16, el más abundante), 9 (Oxígeno-17) ó 10 (Oxígeno-18).

Mientras más neutrones, más “pesa” el oxígeno (varía su número másico) y eso determina que tengan propiedades físicas distintas. Por ejemplo, a una molécula de agua con Oxígeno-18 le cuesta más evaporarse. Entonces, cuando hay años cálidos, existe la energía disponible necesaria para evaporarlas en mayor proporción que en un año frío. Luego estas moléculas se condensan y se transforman en lluvia y nieve, y pueden terminar depositándose en un glaciar. Por el contrario, un año más frío, con menos energía disponible, la proporción de moléculas de agua pesada en las precipitaciones disminuye.

“Entonces puedes medir estas diferencias, la abundancia entre isótopos pesado y ligeros, y así decir: ‘Este año fue más caliente porque tiene más abundancia de Oxígeno-18’”, explica Fernandoy sobre la teoría tras la reconstrucción climática, una pieza clave en el estudio del calentamiento global.

La parte práctica incluye extraer testigos de los glaciares: con unos taladros especiales sacan una muestra de hielo en forma de cilindro. Mientras más profunda la muestra, más pueden viajar hacia el pasado. Por ejemplo, el supervisor de doctorado de Fernandoy, Hanno Meyer, participó en el Proyecto Europeo de Testigos en Antártica (EPICA, por sus siglas en inglés), que logró sacar un cilindro de casi 3,3 kms, el cual abarcaba 800 mil años de historia climática.

Para encontrar glaciares que no pierdan parte de su masa (que no ocurra la fusión) y, por ende, preserven la historia climática pasada y presente, Fernandoy estudia glaciares que están más cerca del Polo Sur, lo que acarrea una serie de complejidades logísticas. “Hemos esperado hasta un mes para ir 4 ó 5 días a un campamento, porque las condiciones de tiempo tienen que ser perfectas para el avión o el helicóptero que nos va a dejar”, comenta. En su equipaje debe llevar todo lo necesario para ser autosuficientes y, por supuesto, cargar su taladro de un metro de largo y 30 kgs de peso para sacar los testigos de hielo. La compleja logística no termina ahí: las muestras deben permanecer congeladas hasta que lleguen a LAI-UNAB y al nuevo Laboratorio de Procesamiento de Testigos de Hielo, una sala a -20ºC

Otra de las líneas de investigación de Fernandoy son las plataformas de hielo: enormes masas de hielo que un día fueron parte de los glaciares y que hoy flotan sobre el mar. Una de las plataformas más estudiadas es Larsen, ubicada en el este de la Península Antártica. Sus cuatro secciones eran más grandes que Austria, con 85 mil km2. Pero, fundamentalmente debido al cambio climático y al consiguiente aumento de la temperatura, Larsen ha perdido un 20% de su superficie en los últimos 30 años.

“Las plataformas cumplen un efecto tapón: frenan al glaciar que está sobre la montaña. Entonces si tú sacas el tapón, el hielo que está sobre la montaña empieza a fluir hacia el mar y eso puede tener un efecto sobre el nivel del océano”, explica Fernandoy sobre la relevancia de la investigación que realiza junto al Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (Ceaza).

Todo está conectado

La disminución en el volumen de glaciares y plataformas de hielo forman parte del mismo fenómeno. “Lo que estamos estudiando en Antártica es importante porque esto se relaciona con ciclos climáticos. Por ejemplo, esta sequía que estamos viendo en Chile está vinculada con cambios en la circulación atmosférica a escala hemisférica, por lo que también se ve reflejado en la Antártica con eventos de calor muy pronunciados”, cuenta Fernandoy, quien fue nombrado por la Cancillería como uno de los siete integrantes del Comité Nacional de Investigaciones Antárticas (CNIA), por el período 2019-2022.

El especialista detalla que “los cambios más fuertes” de disminución de volumen de los glaciares ocurren en Patagonia, donde el puntarenense también estudia diversos glaciares. De hecho, en 2017 el Instituto Chileno de Campos de Hielo lo invitó a “la zona más bonita de los Campos de Hielo Sur”, el Paso Cuatro Glaciares (al sur de Villa O’Higgins). Tanto le debe haber gustado esa zona, que postuló y ganó un fondo de National Geographic para seguir explorándola (además de ser co-ejecutor en otro proyecto). Los recursos le permitirán contar con una buena logística, que incluya el uso de helicópteros para llegar “bien arriba”.

“También queremos estudiar qué es lo que está ocurriendo con el derretimiento de los glaciares en el borde y cuáles son los riesgos o peligros que puede tener este proceso. Eso es súper entretenido porque estamos combinando geología, glaciología, y también estamos trabajando con árboles, para eso colaboramos con especialistas de la U. Católica de Valparaíso”, detalla con emoción sobre su agitada agenda de exploraciones. Será otro verano, tal como en los últimos 18 años: llegando a lugares donde pocos, e incluso nadie antes que él, ha podido llegar.

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