LT BOARD | Fernando Valenzuela y ¿Qué pasa con los perfiles en RR.SS. de quien fallece?
Si usted llega a morir mañana, ¿ya definió qué quiere que pase con sus perfiles de Facebook, Instagram o Twitter? ¿Le gustaría que siguieran disponibles para quienes le sobreviven o preferiría que fueran eliminados? Quizá ya es hora de hacerse esas preguntas.
Las redes sociales están transformando profundamente la manera en que las sociedades se relacionan con la muerte, el recuerdo y la memoria. Así lo plantea Fernando Valenzuela Arteaga, director de la Escuela de Sociología y Trabajo Social de la Universidad Andrés Bello (UNAB), quien advierte en La Tercera A Bordo que la permanencia de los perfiles digitales tras el fallecimiento de una persona está modificando prácticas sociales históricas vinculadas al duelo.
Según explica el académico, las plataformas digitales han introducido una nueva forma de presencia social de quienes ya no están físicamente vivos. “La red social introduce una diferencia importante al estructurar la relación con los muertos en los mismos términos que con los vivos”, señala. En consecuencia, agrega, “la persona fallecida aparece, entonces, como una persona más en el sistema social”.
Para Valenzuela, este fenómeno permite hablar de una continuidad inédita de la identidad más allá de la muerte biológica. “Es posible hablar de una identidad digital que sobrevive a la muerte física”, sostiene.
A diferencia de formas tradicionales de comunicación del fallecimiento, como los obituarios, los perfiles en redes sociales conservan la misma apariencia que tenían cuando la persona participaba activamente de la vida comunitaria. “Queda una especie de retrato fijo, sólo que ahora está administrado por quienes sobreviven o por el algoritmo”, explica.
El sociólogo vincula esta nueva realidad con prácticas históricas de memoria pública presentes en distintas culturas. A su juicio, las sociedades siempre han desarrollado espacios y objetos destinados a preservar el recuerdo de quienes murieron. “En todas se cumple la misma necesidad de dejar una huella de la persona social, del lugar que ocupaba en la comunidad”, afirma.
Sin embargo, las redes sociales modifican radicalmente la infraestructura de esa memoria. Ya no es necesario desplazarse hasta un cementerio, una animita o un memorial para reencontrarse con el recuerdo de alguien. La huella digital permanece disponible de manera permanente y accesible desde cualquier lugar.
“Así como el espacio público de interacción se lleva en el bolsillo, igualmente traemos en el dispositivo móvil la posibilidad de escenificar públicamente el duelo, eliminando el requisito del peregrinaje”, plantea.
No obstante, Valenzuela también identifica riesgos asociados a esta nueva forma de relación con los fallecidos. Una de las diferencias más relevantes respecto de los memoriales tradicionales es el papel que cumplen los algoritmos de las plataformas digitales.
“A diferencia del memorial, que se visita cuando uno quiere ir, la notificación llega sin previo aviso”, advierte.
En este escenario, la evocación de una persona ya no depende exclusivamente de la voluntad de quienes la recuerdan, sino también de sistemas automatizados capaces de reactivar contenidos y recuerdos en momentos inesperados.
“Los propios algoritmos de las plataformas generan su propia versión de la memoria”, sostiene. “El muerto aparece en la pantalla del doliente no porque alguien lo haya decidido, sino porque un algoritmo detectó una interacción significativa con ese perfil”, concluye.
Para el académico de la UNAB, estos cambios evidencian cómo la digitalización no sólo afecta la comunicación cotidiana, sino también aspectos profundamente humanos como el recuerdo, la construcción de la memoria colectiva y las formas en que las sociedades procesan la muerte.
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