13 Octubre 2026

El Mercurio Valparaíso | Columna de María Gabriela Huidobro: juicio literario

Estos reconocimientos nos permiten ampliar nuestro catálogo personal de autores y descubrir cómo la creatividad literaria parece no tener límites en cuanto a su potencial de imaginación.

Esta semana, la academia sueca confirió el Premio Nobel de Literatura a la escritora canadiense Anne Carson. Confieso que no la he leído, pero la noticia despertó mi interés: su obra dialoga con la tradición y mitología clásicas, y entre sus traducciones se encuentra If Not, Winter, una versión de los fragmentos de Safo, la poeta griega.

Estos reconocimientos nos permiten ampliar nuestro catálogo personal de autores y descubrir cómo la creatividad literaria parece no tener límites en cuanto a su potencial de imaginación. Sin embargo, no pasa lo mismo cuando se trata de las restricciones que se le imponen desde el juego político e ideológico.

Esta misma semana, las noticias informaron sobre otro récord literario, pero en sentido opuesto: en Estados Unidos se prohibieron 11.982 libros en escuelas públicas durante el último año. La mayoría correspondió a novelas de ficción, concentrándose en estados como Texas y Florida, y los libros de Stephen King fueron los más afectados. Entre las razones para retirarlos, destacan los contenidos relativos a sexualidad, violencia, raza y enfoques de género.

En Chile tuvimos hace poco un episodio de otra naturaleza, pero que apunta a algo similar. La directora de Prodemu solicitó que Simone de Beauvoir fuera excluida de las autoras a destacar en redes sociales, tras revisar su controvertida biografía en Wikipedia. La decisión generó polémica, pero su solución no parece sencilla.

¿Qué hacemos cuando una autora, personaje uobra entra en conflicto con nuestros valores? La respuesta no es tanfácil. Hay lecturas que no son apropiadas para cualquier edad y hay contenidos que requieren mediación. La vida de un autor puede también influir en nuestra valoración de su obra, sobre todo cuando conocemos comportamientos que resultan moralmente inaceptables.

No se trata, entonces, de sostener que todo libro debe estar disponible para cualquier lector, en cualquier momento y sin contexto, pero la cuestión es otra: ¿ es la prohibición la mejor respuesta?

La censura ha acompañado la historia de los libros por siglos. Robert Darnton mostró que, en la Francia ilustrada del siglo XVIII, los censores no actuaban como simples guardianes de la ortodoxia. Algunos eran hombres de letras que no evaluaban los textos para prohibirlos, sino para intervenir sobre la mala escritura y promover la calidad. Porque la historia de la literatura también muestra los riesgos de ese afán por controlar lo que se lee. La Inquisición pudo perseguir libros e ideas, pero no consiguió frenar la circulación de las nuevas formas de pensar propias de la Ilustración.

La tarea educativa atender a esas experiencias del pasado. El propósito no debería ser formar lectores que sólo sepan identificar aquello con lo que están de acuerdo, sino que sean capaces de encontrarse con lo que los incomoda y preguntarse por qué. ¿ Cómo cuestionar a Simone de Beauvoir si no la conozco? ¿ Cómo podría un lector formarse un juicio sobre la violencia o la sexualidad si no aprende a leerlas críticamente? Claro, no todo puede hacerse a cualquier edad. Se requiere mediación docente y una selección responsable de lecturas, pero enseñar a leer no es sólo aprender a reconocer letras y palabras, sino discurrir sobre lo que nos dicen.

La literatura nos permite entrar en la conciencia y los mundos de otros, reconocer perspectivas que no son las nuestras y experimentar conflictos morales más allá de los eslóganes. Eso también es formación ciudadana: no la repetición de posiciones correctas, sino el desarrollo de la capacidad para comprender, contrastar, discernir y tomar posición.

Rosa Amor del Olmo escribió una columna reciente para defender la lectura. Su hipótesis apuntaba a esto: la cultura nos prepara para vivir en sociedades donde no todos pensamos igual. Y la literatura nos ofrece un espacio privilegiado para hacerlo.

En tiempos de prejuicios, algoritmos y opiniones instantáneas, necesitamos pensamiento complejo. Cuando queremos combatir una idea, debemos primero conocerla. La literatura no debe decirnos siempre qué tenemos que opinar, sino enseñarnos a pensar antes de juzgar.

Columna de María Gabriela Huidobro, académica de la Facultad de Educación y Humanidades de la UNAB, publicada en El Mercurio de Valparaíso.