Historias de Egresados
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Se titularon, se casaron y partieron rumbo a uno de los tres países más pobres del mundo. Por casi tres meses, estos médicos de la UNAB se encuentran trabajando en un pequeño centro de salud en Mont Sion, en el Hôpital Roi Khaled. Ahora se aprontan a viajar al interior de la nación africana para ayudar en los pequeños poblados.

Los rostros de Ingrid Baier (25) e Ignacio Silva (26) lucen radiantes. Sus sonrisas delatan una tranquilidad y alegría poco vista en jóvenes que se encuentran lejos de su patria.

Pero todo ha sido rápido, intenso y de ensueño porque han podido cumplir sus planes de ayuda a través del voluntariado y lo hacen juntos. A fines del 2010 se titularon de Médicos en la U. Andrés Bello, en marzo se casaron y una semana después partieron rumbo a Burundi, un pequeño país del África central y uno de las tres naciones más pobres del mundo.

“Antes de conocernos, teníamos la inquietud de, una vez titulados, entregar un tiempo de voluntariado o acción social en algún lugar necesitado. Yo pensaba hacer algo en el sur de Chile o en Latinoamérica, e Ingrid siempre pensó en África. Cuando decidimos casarnos empezamos a revisar las opciones que existían para concretar nuestro sueño, y así luego de muchas averiguaciones apareció la oportunidad de venir a Burundi”, relata Ignacio desde la ciudad africana.

En un principio sólo fue un sueño para estos jóvenes, porque les quedaba más de un año de carrera y no sabían de dónde obtener los recursos para financiar su proyecto, ya que ninguna institución ni ONG estaba dispuesta a entregarles su apoyo económico. “Fue una gran desilusión, además, saber que todas las ONG que apoyan este tipo de voluntariado exigen por lo menos algunos años de experiencia como médico o ser especialista”, dice Ingrid Baier.

Aventura social

Pero a medida que fue pasando el tiempo muchas personas, principalmente amigos y familiares, se entusiasmaron con la idea y se ofrecieron a aportarles dinero para esta aventura. “Todas estas personas son nuestros ‘padrinos’, entre ellos el doctor Jaime Contreras, director de la Escuela de Medicina de la UNAB, quienes hacen posible que estemos acá”, agrega la doctora.

 Ingrid e Ignacio viven en Mont Sion Gikungu, un hospedaje que tiene la comunidad de los Padres de Schoenstatt (movimiento perteneciente a la iglesia católica) en Bujumbura, capital de Burundi. Su labor no para en todo la semana. Algunos días trabajan en un pequeño centro de salud en Mont Sion, otros en un hospital (Hôpital Roi Khaled) y también ya tienen planificado viajar al interior del país para ayudar en los pequeños centros de salud de la zona rural de Burundi.

“Nuestra estadía en este país ha sido increíble, hemos podido conocer a muchas personas muy valiosas entre burundeses y voluntarios de otros países. Hemos ido descubriendo poco a poco esta misteriosa cultura africana que transmite tanto tristeza como esperanza”, asegura Ignacio. Esto considerando la dura realidad de Africa: una tasa de mortalidad infantil de 102 por cada mil nacidos vivos, dos de cada diez habitantes es portador de VIH/SIDA. La prevalencia de tuberculosis es de 714 por cada 100 mil habitantes, la esperanza de vida es de 50 años; y la disponibilidad de médicos es menor a 1 por cada 10.000 habitantes.

Muerte cotidiana

En Burundi existen, además, muchas limitaciones médicas en cuanto a la traumatología y las operaciones de malformaciones. Hemos observado, cuenta el joven médico, que el valor de la vida para esta gente es poco significativo, la muerte es algo cotidiano sin importar la edad ni la condición previa. Esto lo podemos ver en el hospital, donde hay muchos pacientes en espera. Por ejemplo, una simple operación que puede salvarles la vida nadie se anima a hacerla, no porque falten recursos, sino porque ellos apelan al ‘Buhoro Buhoro’, ‘poco a poco’; ‘todo a su tiempo’, ‘mañana operamos’ y así pasan los días.

Los doctores cuentan además, que las secuelas de la guerra son evidentes, no sólo en el desarrollo económico, sino también en el desarrollo cultural e intelectual. El Burundés es poco creativo y no muy arraigado a su cultura, más bien miran a Europa y Estados Unidos como modelo y admiran sus tendencias y modas. “La guerra les arrebató todo. Acá se vive el día a día, luchando por sobrevivir como único objetivo”, subraya Ignacio.

Pese a esta triste concepción de la vida, ambos jóvenes han tenido la posibilidad de conocer un grupo de voluntarios burundeses, todos entre 16 y 25 años, que se juntan para hacer actividades sociales, como visitar a los enfermos en el hospital, ir a los hogares de niños a jugar con ellos y ayudar en todo lo posible. Ingrid cuenta que muchos viven en las colinas en casas de adobe, sin camas, sin agua potable y tienen que caminar diariamente un par de kilómetros para buscar agua. Tampoco tienen electricidad ni comodidades, pero llegan diariamente a Mont Sion con una sonrisa de oreja a oreja, dispuestos a ayudar en cualquier cosa que se necesite. Ese es un ejemplo de vida.

Respecto a los planes a futuro, la doctora Baier reconoce que “es difícil hablar hoy de ese tema, ya que evidentemente este tipo de experiencias cambian completamente tu visión del mundo, e imaginarse en otras circunstancias no es fácil. Pero a grandes rasgos, tenemos la intención de volver a Chile e instalarnos en el sur del país, según las posibilidades de trabajo y de especialización que puedan aparecer más adelante”.

Sonia Tamayo Herrera

stamayo@unab.cl

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