Educación y Ciencias Sociales

En una columna dirigida al medio nacional, el académico de UNAB y sociólogo Mauro Basaure se enfocó en las controversias que se han levantado en torno al museo.

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El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos es un espacio que genera discusión cada año. Según la mirada del académico de UNAB y sociólogo Mauro Basaure, desde historiadores hasta filósofos se han confrontado las distintas miradas, individuos que opinan desde su propia libertad de expresión, la misma que algunos critican a la hora de hacer latente la historia en espacios creados para eso.

En su columna, publicada por The Clinic, Basaure se refiere al fin con el que fue creado el museo, la representación, con objetivo pedagógico, de la violación de los Derechos Humanos para que nunca más ocurra, y el que ha adquirido con el tiempo, mantener el debate y la reflexión sobre “el pasado reciente de Chile, la dictadura, la violación a los Derechos Humanos”.

El debate público sobre el Museo de la Memoria

Pocas instituciones chilenas contemporáneas han provocado tanta controversia como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. No ha faltado un año en que historiadores, sociólogos, filósofos, entre otros, se hayan confrontado sea por la existencia, el rol o la amplitud de la muestra de dicho museo. Los dichos de Magdalena Krebs (otrora directora de la DIBAM), de Mauricio Rojas (Ministro de Cultura por un par de días) y ahora de Carlos Williamson, han sido solo unos pocos de los detonantes de las controversias más recientes, cuya lista —extremadamente larga e incesante—parte el propio día en que, en 2007, se anunció su construcción.

En sociología es conocida la distinción entre funciones latentes y manifiestas. Las primeras son las explícitas e intencionales que, en el caso del Museo, es la representación, con objetivo pedagógico, de la violación de los DDHH para que esa violación nunca más ocurra. Correcto o no, ese es el estricto y claro ADN al que él se debe: representar X (violación de los DDHH) para un nunca más X. Por eso el contexto —en el sentido exigido por gente de derecha e izquierda— le es, en principio, lógicamente ajeno.

Su función latente, sin embargo, ha sido otra muy distinta; a saber, mantener abierta —año a año, controversia tras controversia— la reflexión y el debate sobre el pasado reciente de Chile, la dictadura, la violación de los Derechos Humanos de esa época (pero también la de las minorías sexuales, de los Mapuches). Ciertamente no han quedado excluidos del debate los conflictos encarnizados de la propia Unidad Popular, o, si se quiere, el así llamado contexto del golpe y la dictadura.

Abordando a su modo la cuestión del contexto (es decir, sin dañar su ADN), el propio Museo organizó una conferencia (después llevada a libro), bajo la pregunta sobre si el golpe fue o no inevitable. Hubo sectores que levantaron la voz para decir que esa pregunta no debía plantearse en el Museo, que ella era una pregunta propiamente golpista y que con ella se lo atacaba directamente. Al conocido fuego enemigo de los Krebs, Rojas, Villalobos, Farías y un largo etc., ahora, con la pregunta de esta conferencia, se sumaba el fuego amigo). En esta instancia se conversó ampliamente sobre la Unidad Popular, sus errores, el grado de polarización social, los ataques que sufrió, etc. El debate estuvo lejos de contar con un consenso, salvo aquel que señala que nada que haya ocurrido en los días previos al golpe puede justificar ni el golpe ni la larga y sanguinaria dictadura que lo sucedió.

Cuando el Museo Histórico Nacional debió cerrar una muestra producto del escándalo mediático que generó el que la visión de la libertad de Pinochet haya sido puesta a la par de la de Allende o Gabriela Mistral, sus curadores se justificaron frente a las múltiples críticas diciendo que habían buscado intencionalmente provocar, como lo hacen usualmente los museos de arte contemporáneo. El Museo de la Memoria no requiere de esa sofisticación, no busca intencionalmente provocar opiniones y controversias; simplemente las genera por ser lo que es. Esa es su función latente natural, y hay que decir bienvenida, pues la mejor forma de mantener viva la memoria es luchar contra el desinterés y el olvido.

Tomando en cuenta estos antecedentes (que cualquier lector, que se arme de tiempo y paciencia, puede revisar en los medios desde 2007 en adelante) resultan extremadamente raros los argumentos esgrimidos en la última de las controversias, detonada por el recuerdo de los dichos de Carlos Williamson. Las voces cantantes acusan (en un tono sobre dramatizado) una especie de censura a la discusión, una prohibición del debate, orquestada por una ortodoxia de la opinión que, en base a una construcción maniquea e indiferenciada de las posiciones, moralizaría y penalizaría a quienes tienen opiniones distintas y contrarias al Museo de la Memoria. Nadie dice quién orquesta tan macabras intenciones contra la libertad de expresión, solo se dice que es brutalmente atacada.

Ello es no solo una contradicción performativa —en la medida que esas mismas voces participan contentas y sin consecuencias negativas del debate, ejerciendo así su libertad de expresión—, sino que además demuestra el poco conocimiento que se tiene de la ya larga historia de las profundas y ricas controversias en torno al Museo de la Memoria. En este punto coinciden las columnas de gente como José Joaquín Brunner, Daniel Mansuy, Pablo Ortúzar y hasta el cura Raúl Hasbún. ¡Vaya mezcla!

Aunque ello no los justifica, su dramática y singular visión se deba a que ninguna de esas voces había participado de controversias anteriores. Es posible que desconozcan ese enorme y rico espacio de discusión.

A esta historia de debate público hay que separarla de las decisiones de un gobierno que —sin dar argumentos, tal vez buscando ser simplemente coherente con una decisión anterior (la que afectó a Mauricio Rojas) o sacando algún cálculo que no conocemos— decide no nombrar en el cargo a quien supuestamente nombraría. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, es la frase que hizo célebre el filme mexicano El Infierno.

Tal vez despejado esto se pueda debatir nuevamente sobre la cuestión del contexto en la muestra del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Una sola petición a quien se anime a entrar en el fondo del asunto, para no aburrir a los lectores atentos: revisar el animado y sofisticado debate público en torno al Museo de la Memoria que ha tenido lugar desde hace ya más de una década. Se agradece de antemano.

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