Concepción

“El Roto es la novela del bajo pueblo de Chile: el roto es el minero, el huaso, el soldado, el bandido; lo más interesante y simpático que tiene mi tierra”, decía Edwards Bello sobre el personaje que cumple un siglo.

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Es quizás uno de los personajes más emblemáticos de la literatura chilena, pero también uno de los grandes ausentes a la hora de hablar de efemérides. Este 2018 se cumplieron 50 años del fallecimiento de Joaquín Edwards Bello (se suicidó en 1968, a los 81 años)  y 100 años de su libro clave: El Roto.

Juan Vásquez, profesor de Español y Filosofía de la Universidad Andrés Bello y especialista en literaturas hispánicas, ha enfocado parte de su trabajo de investigación en la Obra de Bello y asegura que, si bien El Roto se publicó en Santiago (1920), hubo una edición en París en 1918 titulada La cuna de Esmeraldo. Observaciones y orientaciones americanas. Preludio de una novela chilena, que es, precisamente el “preludio” de El Roto.

Perteneciente a la aristocracia chilena –banquero su padre y su madre nieta de Andrés Bello- el escritor porteño fue Premio Atenea (1932), Miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Hijo Ilustre de Valparaíso, periodista, cronista y novelista, Premio Nacional de Literatura (1943) y Premio Nacional de Periodismo (1959).

“Pienso que su relevancia se debe no solo a su extensa producción literaria –más de 15 novelas-, sino que también a su labor como cronista. Recordemos que trabajó en El Mercurio y en La Nación, y por 40 años, tuvo su propia sección: Los lunes de Joaquín Edwards Bello, donde sus ácidas e irónicas críticas a la sociedad chilena incomodaban a los lectores. ‘Hijo más reprendedor de su padre no le nació a nuestro viejo Chile’”, dice Vásquez citando a Gabriela Mistral.

Naturalismo hispanoamericano

Edwards Bello se inscribe en la visión de mundo del naturalismo en la novela hispanoamericana – muy distinta de las generaciones románticas anteriores-  caracterizada por una particular perspectiva de la producción literaria: la obra cumple una función cognoscitiva de la sociedad, se plantea el determinismo social, donde el escritor es una especie de sociólogo o psicólogo social que incorpora personajes pertenecientes al “cuarto estado”, es decir, a la clase baja y proletariado, y el narrador es un intérprete de la realidad.

En este contexto, hubo también otros escritores chilenos que sobresalen junto a Edwards Bello: Luis Orrego Luco, Augusto d’Halmar, Fernando Santiván, Rafael Maluenda, Jenaro Prieto.

Sobre la trascendencia de El Roto, en la vida del autor, el académico explica que es su novela más reeditada. “Se sigue leyendo y releyendo”. El roto tiene como escenario el prostíbulo “La Gloria” ubicado en la calle San Borja, detrás de la Estación Central, en Santiago. “La novela es un mosaico de personajes donde transitan ladrones, prostitutas, borrachos y pendencieros; en este ambiente se narran las vidas de Clorinda, Fernando, Esmeraldo, el Pata de Jaiva, Carmen, El Pucho, etc. Asoman tipos humanos como el policía, el garitero, el político corrupto,  el periodista reformador”, enumera Vásquez.

Opiniones divididas: Escándalo y honestidad

La respuesta de la crítica hace un siglo fue variopinta. Algunos lectores destacan la figuración de un tipo humano como “el roto”, la intención moralizante de Edwards Bello, el realismo fotográfico y la trinidad de ambiente: “de la cantina al burdel, del burdel a la cárcel”. Es la novela de denuncia social que muestra “la vida miserable nacional y la fatalidad de la raza”.

Por otro lado, opinan que la novela “es la huella de un asco íntimo y profundo”, “un montón de mugre, degeneración y vulgaridad”, “páginas de vicio y miseria”, “el sensualismo más abominable”, “escenas de lujuria, libertinaje y vicio refinado”. “Lástima grande es que un escritor que revela poseer buenas dotes, que debería aprovechar mejor, emplee las facultades de su alma en sembrar odios, prejuicios y ejemplos inmorales”.

“Pese a esto, Joaquín Edwards Bello sigue escribiendo y reescribiendo El roto. Desde 1920 hasta 1968 se publicaron al menos seis ediciones, todas reescritas y revisadas con adiciones, supresiones y transformaciones: ‘Me entusiasma la obra cuando es susceptible de variaciones indefinidas, las que construyo mediante el mismo procedimiento de rumiar, de quitar, de borrar y de agregar… Soy muchos seres. No me reprochen. No sé cuál Joaquín Edwards habla y cuál escucha. Son muchos’”, recoge el académico.

Contexto e identidad Nacional

El verbo designa una especie de espejo y este espejo hoy día está más bien empañado por la modernidad líquida, dice Vásquez al reflexionar sobre los personajes de Edwards Bello y la identidad nacional. “No obstante, pienso que sí hay un proceso de construcción de un cierto ideario de identidad nacional. La expresión ‘el roto’, tiene su origen en los primeros años de la conquista. El bajo pueblo cuzqueño observaba la llegada de quienes vinieron con Diego de Almagro o salían con Pedro de Valdivia, y se percataba que las raídas y haraposas prendas de los soldados dejaban mucho que desear: ‘Así se van estos; todos rotos a Chile’”.

Después de los procesos de independencia, América Latina se caracterizó en el siglo XIX –entre otras cosas- por la convivencia de una diversidad de grupos étnicos,  la inestabilidad política y los proyectos de  la construcción de los estados nacionales. En este contexto, la historiografía chilena  destaca el vigor y la tenacidad del roto chileno, y le asigna un rol protagónico el 20 de enero de 1839 en la épica batalla de Yungay.

Es la invención del “roto”: un mestizo desarrapado, andariego, libertario, ya en las salitreras, en las minas de carbón, en los minerales del norte y en la confrontación belicosa. El barrio Yungay, la escultura de Virginio Arias y el himno de Ramón Rengifo –con la música de José Zapiola- atestiguan esta construcción.  En 1904 Nicolás Palacios en Raza Chilena ya exaltaba la figura del roto chileno como arquetipo proletario nacido del movimiento obrero y minero del Norte Grande. Y así se va gestando la construcción de una figura nacional.

Durante el siglo XIX y avanzadas las primera décadas del XX, en Hispanoamérica la literatura se concibió no sólo como instrumento de protesta social, sino también como medio para modelar la conciencia nacional y crear un sentimiento de tradición vinculado con alguna pretendida identidad. Ahí surgen obras como Doña Bárbara, Don Segundo Sombra, Martín Fierro, etc.

Edwards Bello contribuye a este imaginario social. En su “Nota referente al Prólogo” (El Roto, 1920), escribe: “El Roto es la novela del bajo pueblo de Chile: el roto es el minero, el huaso, el soldado, el bandido; lo más interesante y simpático que tiene mi tierra; es el producto del indio y el español fundidos en la epopeya de Arauco; es el pueblo americano, fuerte y fatalista, muy semejante en toda la América española, desde el pelao de Méjico hasta el criollo de las provincias argentinas. En los fuertes cuadros populares, en los más escabrosos pasajes de la novela he querido poner esa esencia, esa cosa fresca y exquisita que conserva la esperanza y da vigor al espíritu: la compasión humana”.

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