Radio Bíobio | Académico UNAB Jonathan Martínez aborda debate sobre «padres voluntarios» en los colegios
Jonathan Martínez Líbano, psicólogo y director del Magíster en Educación Emocional y Convivencia Escolar de la Universidad Andrés Bello, analizó el rol que cumplen las familias en la vida escolar y los desafíos que enfrentan los establecimientos para promover una participación equilibrada y beneficiosa para el bienestar de niños, niñas y adolescentes.
La participación de madres, padres voluntarios y cuidadores en las actividades organizadas por los establecimientos educacionales ha vuelto a instalarse en el debate público. En medio de distintas opiniones sobre el nivel de involucramiento que los colegios solicitan a las familias, el psicólogo Jonathan Martínez Líbano, académico de la Universidad Andrés Bello y director del Magíster en Educación Emocional y Convivencia Escolar, destacó la importancia de fortalecer el vínculo entre el hogar y la escuela, especialmente en un contexto marcado por crecientes desafíos en materia de salud mental infantil y adolescente.
Según explica el especialista, la colaboración entre ambos espacios resulta clave para el desarrollo integral de los estudiantes, ya que permite alinear objetivos formativos y entregar mensajes coherentes durante el proceso educativo.
“Cuando el colegio y la familia trabajan juntos, la idea es que terminan compartiendo los mismos valores de lo que quieren formar, en este caso el alumno. A lo mejor hay casos aislados, pero cada vez más los colegios están pidiendo más la ayuda de los padres porque claramente, con los graves problemas que tenemos de salud mental, de regulación emocional, creo que todos tenemos que trabajar sobre la misma base”, sostiene.
Para Martínez, la discusión sobre la cantidad de actividades escolares que requieren la participación de las familias debe analizarse considerando las particularidades de cada comunidad educativa. Si bien reconoce que una alta frecuencia de estas instancias podría generar dificultades para algunos grupos familiares, enfatiza que el desafío principal es encontrar mecanismos que permitan mantener el vínculo entre la escuela y el hogar sin excluir a quienes enfrentan limitaciones de tiempo o laborales.
“Si son muchas actividades, a lo mejor, efectivamente, podríamos ver cómo esto genera angustia o tristeza en niños que no ven a sus padres participando de las actividades, sentirse excluidos por eso. Muchos colegios han avanzado en la eliminación de actividades del tipo Día de la Mamá o Día del Padre, pero me sigue pareciendo fundamental el trabajo conjunto con las familias y los padres”, señala.
El académico también plantea que las instituciones educativas pueden contribuir a facilitar esta participación mediante una planificación que considere la realidad actual de las familias. En ese sentido, propone generar instancias en horarios compatibles con las jornadas laborales.
“En la actualidad, la mayoría de los padres, en ambos roles, trabajan, entonces hay que buscar que las actividades ocurran en horarios donde no haya carga laboral”, explica.
Salud mental y comunidad educativa
Uno de los aspectos centrales del análisis de Martínez es la relación entre la participación familiar y el bienestar socioemocional de los estudiantes. A juicio del especialista, la experiencia posterior a la pandemia evidenció la necesidad de fortalecer las redes de apoyo que rodean a niños, niñas y adolescentes.
“Estamos en una pandemia de salud mental, eso es lo primero. Y obviamente, hay que entender que la salud mental infantil y adolescente, en estos momentos, no está siendo una superprioridad. Por lo tanto, la familia no se puede sustraer de esta discusión y efectivamente, cuando la escuela y la familia están comunicadas, los niños presentan un mayor y mejor bienestar”, afirma.
Desde esta perspectiva, el trabajo coordinado entre establecimientos educacionales y familias no se limita únicamente a la asistencia a actividades escolares, sino que también considera la comunicación permanente, el acompañamiento emocional y el compromiso compartido con el desarrollo de los estudiantes.
Asimismo, el académico destaca que la participación no debe medirse exclusivamente por la presencia física en eventos o actividades. Lo relevante, sostiene, es la calidad del vínculo que las familias logran construir con sus hijos e hijas.
“Hay que tener en cuenta que, más que el tiempo que pasan con sus hijos, es la calidad del tiempo que pasan con ellos. Ningún niño se acuerda de cuánto tiempo pasó con sus papás, sino de situaciones específicas”, indica.
Mirada contextualizada
Respecto de comparaciones frecuentes con sistemas educativos internacionales, como el modelo finlandés, Martínez advierte que estas deben realizarse considerando las diferencias estructurales, culturales y de recursos existentes entre los distintos países.
“Es bien sesgado el punto, porque con Finlandia claramente estamos a años luz, en inversión y metodología, y además hay menos alumnos allí”, plantea.
Para el académico de la Universidad Andrés Bello, el desafío actual no pasa por disminuir el vínculo entre las familias y la escuela, sino por construir formas de participación que sean inclusivas, flexibles y compatibles con las diversas realidades familiares. En un escenario donde la salud mental y la convivencia escolar ocupan un lugar cada vez más relevante, fortalecer la colaboración entre ambos espacios aparece como una herramienta fundamental para favorecer el bienestar y desarrollo de los estudiantes.
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