Orgullo UNAB | Jaime Giannelloni: “Cuando un niño mira por primera vez por un telescopio, se le abre la mente como nunca”
El egresado de Licenciatura en Astronomía de la Universidad Andrés Bello dejó Ingeniería cuando estaba a un año de titularse para seguir su verdadera pasión. Hoy dedica su carrera a acercar la astronomía a niños y jóvenes, labor por la que recibió el Premio AURA–Padre Picetti 2025 y que ha inspirado a nuevos estudiantes a elegir esta ciencia como profesión.

Cuando Jaime Giannelloni decidió estudiar Astronomía, la elección estaba lejos de ser la más sencilla. Llevaba cinco años en Ingeniería Electrónica y solo le quedaba uno para terminar. Sin embargo, había una pregunta que lo acompañaba desde niño y que finalmente pudo más: quería comprender el universo.
En 2014 ingresó a la Licenciatura en Astronomía de la Universidad Andrés Bello. Decidió comenzar desde cero y, para financiar sus estudios, viajaba diariamente desde San Antonio a Santiago a las cuatro de la mañana y luego regresaba para trabajar como garzón.
Ese esfuerzo lo llevó posteriormente a realizar una pasantía en ALMA y a desarrollarse inicialmente en investigación. Fue allí donde descubrió otra forma de ejercer la astronomía: acercándola a quienes nunca habían tenido la oportunidad de mirar el cielo a través de un telescopio.
Actualmente desarrolla una intensa labor de educación y divulgación científica desde la Fundación Parque de la Ciencia de Santo Domingo. Su trabajo con niños y jóvenes fue reconocido con el Premio AURA–Padre Picetti 2025, al que, para su sorpresa, fue postulado por sus propios estudiantes.
En marzo de 2026, en el marco del Día de la Astronomía, Giannelloni recibió además un reconocimiento entregado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, a propósito de su trayectoria en educación y divulgación astronómica. Para el egresado UNAB, este nuevo hito confirmó que una labor iniciada desde el trabajo directo con niños, jóvenes y comunidades también puede tener impacto a nivel nacional. A partir de esta trayectoria, además, ha asumido nuevas responsabilidades vinculadas a la educación astronómica y a la evaluación y articulación de iniciativas orientadas a acercar esta ciencia a distintos públicos.
En esta nueva edición de Orgullo UNAB, Jaime Giannelloni conversa sobre el giro que cambió su vida, la decisión de abandonar la investigación como camino exclusivo y la satisfacción de ver que hoy nuevos jóvenes eligen la astronomía como profesión.
¿Cómo nació tu interés por la astronomía y cuándo decidiste que querías dedicarte profesionalmente a ella?

Desde pequeño me gustaba mucho mirar el cielo y preguntarme por todas las cosas fascinantes que lo componen, como las estrellas y los planetas. Algo que me fascinaba especialmente era la Luna, sus fases y todas las historias y cuentos que uno escucha desde pequeño.
Yo no comencé estudiando Astronomía. Estudié Ingeniería Electrónica, porque había salido de un técnico profesional en San Antonio como técnico de nivel medio en electrónica y quise seguir ese mismo camino. Pero mi pasión siempre había sido ser astrónomo y responder esas preguntas que tenía sobre el universo.
Pasaron cinco años, me quedaba solamente el último año para titularme de Ingeniería y decidí cambiarme. Ingresé a Licenciatura en Astronomía en la Universidad Andrés Bello en 2014.
¿No sentiste miedo de dejar una carrera cuando estabas tan cerca de terminar?
Sí, hubo una “guerra” entre la familia y los amigos. Pero creo que existen dos cosas muy importantes en la vida. Una es la vocación: yo tengo vocación para ensamblar circuitos electrónicos o entender cómo funcionan los sistemas eléctricos. Pero mi pasión era comprender un poco más el origen del universo. Esa curiosidad que llevaba dentro fue lo que me hizo cambiar de carrera.
Sabía que sería un desafío. Comencé Astronomía desde cero, no quise convalidar ningún ramo, y además tuve que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Viajaba todos los días desde San Antonio a Santiago a las cuatro de la mañana y después regresaba para trabajar como garzón en un restaurante y poder pagar mis estudios.
Fue un esfuerzo grande, pero también aprendí mucho sobre madurez y responsabilidad. Hoy estoy muy contento con esa elección.
¿Qué recuerdas especialmente de tu formación en UNAB?
Tuve grandes profesores que me ayudaron a seguir mi formación como astrónomo. Uno fue Claudio Cáceres, con quien desarrollé mi tesis sobre discos protoplanetarios en radioastronomía.

Ahí ocurrió algo interesante, porque pude vincular mis conocimientos anteriores de electrónica y telecomunicaciones con la radioastronomía y las antenas. Eso fue un plus y posteriormente me permitió realizar una pasantía en ALMA.
También quiero destacar a Isabelle Gavignaud, quien me apoyó y me entregó muchos conocimientos en otra pasión que todavía estaba bastante escondida: la educación y divulgación de la astronomía.
Llegaste a ALMA y estabas desarrollándote en investigación. ¿Cómo descubriste que querías dedicarte a la divulgación?
En ALMA el trabajo de investigación era muy competitivo. Había que analizar datos, leer muchas publicaciones y dedicar muchas horas a ello. En ese período conocí la Oficina de Divulgación y Educación de Astronomía.
Ellos vieron que tenía facilidad para comunicarme y comenzaron a enviarme a colegios vulnerables, donde muchos estudiantes no tenían conocimientos de astronomía. Ahí me enamoré de ver cómo esos niños y niñas aprendían.

Además, yo soy de San Antonio y fui el primer astrónomo titulado de la provincia. Quise compartir mis conocimientos con esa comunidad estudiantil mediante charlas y talleres educativos.
Ahí tomé una decisión: dejé la investigación como camino principal y me fui hacia la educación y la divulgación de esta ciencia.
¿Qué encontraste en ese trabajo con niños que hizo que quisieras quedarte?
Cuando un niño o una niña mira por primera vez por un telescopio, justo en ese momento se siente mucho más importante dentro de este universo. Se le abre la mente como nunca.
Eso lo he vivido muchas veces y es lo que me apasiona de seguir esta carrera tan bonita.
¿Hay alguna experiencia que te permita dimensionar el impacto que ha tenido ese trabajo?
Tenemos una Academia de Astronomía en el Parque de la Ciencia que reúne a más de 40 niños. Los estudiantes que han salido de cuarto medio han decidido estudiar Astronomía, así que siento que he podido ser un apoyo para ellos.
Me tienen mucho cariño. Las clases no son rígidas, tratamos de aprender de una manera entretenida y cercana. Incluso me dicen “papi Jaime” o “tío Jimmy”.
Estudiantes de la academia han obtenido el primer lugar durante dos años consecutivos en congresos escolares de astronomía, uno en Concepción y otro en La Serena. Y este año tengo que acompañar a los ganadores a Medellín, Colombia, para representar a Chile en un festival científico latinoamericano.
También has llevado la astronomía fuera de la academia. ¿Qué experiencias recuerdas especialmente?
He tenido la posibilidad de participar en actividades muy distintas. Realizamos una charla en Curicó con más de 500 asistentes y una noche de observación en el Museo de Historia Natural e Histórico de San Antonio a la que llegaron miles de personas.

También participé en un proyecto para poner en valor la cultura Lickanantay en San Pedro de Atacama, trabajando en torno a la importancia de los cielos oscuros y a la historia que existe detrás de sus cosmovisiones.
Todas esas experiencias me han permitido comprobar cuánto interés existe cuando uno acerca estos conocimientos a las comunidades.
En 2025 recibiste el Premio AURA–Padre Picetti. ¿Qué significó ese reconocimiento?
Fue muy emocionante, especialmente porque fueron los propios estudiantes de la academia quienes me postularon. Yo no lo sabía. De repente me contactó el comité organizador para una entrevista y estaba muy nervioso.
El reconocimiento también me permitió entender mejor algo que hago permanentemente: diseminar ciencia. No se trata solamente de divulgar información novedosa, sino de ir a los colegios, llevar materiales y conseguir que los niños y niñas puedan acceder directamente a esos conocimientos.
Que se reconociera esa labor fue un honor y también una señal de que el trabajo que estamos haciendo está teniendo impacto.
Chile es una potencia astronómica mundial. ¿Nos falta acercar más ese patrimonio científico a los propios chilenos?
Sí. Tenemos algunos de los cielos más oscuros y condiciones extraordinarias para la astronomía, pero todavía tenemos desafíos como la contaminación lumínica y la falta de información en el ámbito educativo.
Estamos trabajando con colegas dedicados a la educación astronómica en una propuesta para que la astronomía tenga mayor presencia dentro de la educación escolar.
Hoy muchas veces aparece al final de Ciencias Naturales o dentro de Física y, por distintas razones, esos contenidos pueden terminar sin abordarse. Queremos generar una cultura astronómica mucho mayor en Chile.
¿Tu objetivo es conseguir que más niños estudien Astronomía?
La astronomía es una ciencia multidisciplinaria. Se relaciona con la física, la química y la biología, pero también puede vincularse con la música y el arte. Entonces un niño no aprende solamente astronomía, sino que puede acercarse a muchas otras áreas a través de ella.
Además, existe una dimensión cultural. Los pueblos originarios miraron el cielo, observaron el movimiento de los astros, la Luna y el Sol y construyeron conocimientos y cosmovisiones a partir de ello.
Por eso es tan importante acercarla a las aulas. No se trata solamente de formar futuros astrónomos, sino de despertar curiosidad y entregarles herramientas para comprender el mundo que los rodea.
¿Qué desafío te gustaría cumplir ahora?
Uno de mis grandes desafíos es que la astronomía pueda establecerse con mayor fuerza dentro de la educación en Chile.
El segundo es que las universidades también den prioridad a la divulgación. La astronomía no es solamente investigación; tenemos que compartir ese conocimiento y esa experiencia, ir a los colegios y acercar estos materiales.
También creo que los estudiantes universitarios necesitan desarrollar esa responsabilidad social. Aprender a comunicarse con distintos públicos y explicar lo que saben también forma parte de convertirse en científicos.
¿Qué les dirías a los actuales estudiantes de Astronomía o a jóvenes que quieren seguir una carrera científica?
La investigación y la especialización son caminos fundamentales. Se puede continuar con un magíster, un doctorado y convertirse en especialista en un área determinada. Pero también existen otros caminos que pueden complementar el desarrollo profesional.
Uno puede trabajar en ciencia de datos, colaborar con industrias o empresas y también está la educación. Puedes ser profesor, docente o especializarte en compartir el conocimiento que adquiriste.
A veces alguien podría preguntarse: “¿Voy a estudiar cinco años para después enseñarle a niños?”. Pero todo aporte es fundamental, porque el cambio que tú puedas generar en un joven a partir de tus conocimientos puede hacer que esa persona llegue todavía más lejos y contribuya al país y al mundo.
Cuando yo era joven no había un astrónomo en mi ciudad que pudiera motivarme a emprender este camino. Hoy hay más de 20 estudiantes de Astronomía provenientes de la zona. Eso demuestra lo importante que puede ser mostrarles a otros que esa posibilidad existe.
Después de todo ese recorrido, ¿qué es lo que más valoras de la carrera que elegiste?
A veces me preguntan por qué he elegido esta vida o por el crecimiento económico. Pero yo vivo muy feliz entregando este conocimiento.
Yo no me estoy haciendo millonario monetariamente; me estoy haciendo millonario emocionalmente.
Para mí lo mejor pagado es que alguien vuelva al Parque y me diga: “Profesor, lo extrañé” o “si no fuera por usted, yo no podría estar acá”. Ahí uno entiende que hizo bien la pega, especialmente la pega social.
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