La Tercera | La incertidumbre tras la captura de Maduro
"Si el argumento fuera la fragilidad democrática del país, habría que tener en cuenta a Cuba y Nicaragua, que mantienen regímenes autoritarios", dice Felipe Vergara, analista internacional de la UNAB.
La captura de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas estadounidenses marca sin duda un quiebre histórico para la región.
No se trata únicamente de la caída de un Presidente, sino el inicio de un escenario complejo, donde las preguntas superan a las certezas.
El primer punto es que la salida de Maduro no desmantela automáticamente la estructura chavista.
Durante años, el poder se ha sostenido en redes militares, económicas y territoriales que no desaparecen con un solo movimiento; el silencio en las calles tras el llamado oficialista a movilizarse expone el desgaste, pero no garantiza su desaparición o futura estabilidad.
Las razones de EE.UU.
El segundo eje es el trasfondo de la intervención.
Washington ha justificado su acción en la lucha contra el narcotráfico, aunque persisten dudas sobre si el verdadero objetivo es ese, sobre todo a sabiendas de la gran cantidad de riquezas naturales con las que cuenta el país caribeño.
La historia reciente muestra que las motivaciones suelen ser mixtas y que los discursos oficiales rara vez revelan la totalidad del mapa.
La justificación de un supuesto cartel de narcotráficos no comprobada a ojos internacionales no puede ser la única motivación.
La caída de Maduro
La captura de Maduro puede ser vista como un triunfo contra la dictadura, aunque otros regímenes parecen no ser relevantes para Trump.
Si el argumento fuera la fragilidad democrática del país, habría que tener en cuenta a Cuba y Nicaragua, que mantienen regímenes autoritarios, y El Salvador ya muestra señales preocupantes de concentración de poder.
Si miramos al pasado, Estados Unidos ha intervenido antes otros territorios con resultados dispares.
Panamá en 1989 terminó con la captura de Manuel Noriega y una transición hacia democracia, aunque con costos humanos y un largo período de tutela externa.
Irak y Afganistán, en cambio, derivaron en conflictos prolongados y Estados frágiles, pese a la caída de sus líderes.
En Libia, la eliminación de Gadafi no trajo estabilidad, sino una guerra civil que persiste; todos estos antecedentes advierten que sacar al gobernante, por muy dictadores que sean, no garantiza reconstrucción institucional.
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