La Segunda | Opinión de John Atkinson: El karma de la inversión extranjera
En una columna de opinión publicada por La Segunda, el académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello (UNAB) sostiene que Chile repite un patrón histórico de relación desequilibrada con la inversión extranjera: abre su economía y ofrece ventajas, pero a cambio cede recursos estratégicos sin capturar suficiente valor para su propio desarrollo.
Pareciera que Chile está atrapado en un ciclo histórico respecto a su relación con la inversión extranjera. A lo largo de las décadas, se repite un patrón complejo: el país abre sus puertas y ofrece grandes ventajas a capitales externos, pero a menudo lo hace a costa de transferir recursos valiosos —tangibles o intangibles— sin una retribución justa que potencie el desarrollo local, el valor agregado y la soberanía nacional.
El caso de la industria del cobre es el ejemplo más evidente. Durante décadas, la explotación minera transnacional se ha centrado en la exportación del mineral en bruto o con bajo nivel de procesamiento. El grueso del desarrollo tecnológico de punta, los sistemas productivos complejos y las utilidades del valor agregado se quedan en el extranjero, limitando nuestro rol al de meros proveedores de materias primas. Una forma de mitigar parcialmente este problema fue la incorporación del royalty minero, un impuesto a las grandes empresas por extraer recursos naturales no renovables que pertenecen al Estado. Esto buscaba recaudar dinero para mejorar la calidad de vida de las personas.
Consciente de esta brecha de conocimiento, el Estado intentó implementar políticas de atracción tecnológica al país en el año 2011. El programa de Atracción de Centros de Excelencia Internacionales de CORFO buscó cofinanciar la llegada de prestigiosas instituciones extranjeras para instalar capacidades de investigación y desarrollo (ej. Telefónica I+D, CSIRO, Fraunhofer, INRIA, etc). Sin embargo, el balance fue crítico: muchos de estos centros no lograron una integración real con el ecosistema local ni generaron la transferencia tecnológica que justificara los altos montos de subsidio público invertidos. Comprar innovación desde afuera no funciona si no se encuentran bien regulados de forma que obliguen a dejar capacidades instaladas en el territorio.
Ahora, la nueva frontera de este patrón es digital. El reciente rechazo en el Congreso a la iniciativa que pretendía permitir a empresas de IA utilizar gratuitamente contenidos de autores chilenos para entrenar sus modelos era preocupante. Pretender “regalar” la propiedad intelectual y cultural del país bajo la promesa de «atraer inversión tecnológica extranjera» es una forma de extractivismo de datos, similar a lo acontecido con el cobre. Nuevamente, se intenta sacrificar un recurso interno valioso y estratégico a cambio de una supuesta modernización superficial.
Chile no puede seguir abordando la inversión extranjera desde una postura de sumisión regulatoria y sacrificando sus recursos. Para romper este ciclo casi karmático, es urgente adoptar una mirada estratégica de largo plazo donde la inversión extranjera sea un medio para el desarrollo y no un fin en sí mismo. Ya sea mineral bajo la tierra o datos en la nube, el desarrollo sostenible solo se alcanzará cuando Chile exija reciprocidad, proteja a sus talentos locales y priorice la creación de valor interno por sobre las facilidades unilaterales al capital global. Mantener la soberanía nacional en el siglo XXI exige entender que la riqueza ya no solo se mide en toneladas de roca, sino en conocimiento, cultura y datos.
Dr. John Atkinson
Académico Facultad de Economía y Negocios, UNAB
Fundador de consultora AI-Empowered
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