La Segunda | Columna de Mauro Basaure: La izquierda y la crítica del privilegio
He insistido en que el progresismo debe reapropiarse del mérito. Hoy es claro que también debe reapropiarse de la crítica del privilegio, hoy ambos en manos de la derecha.
La izquierda ha hablado mucho de desigualdad y menos de privilegio. A menudo ha reducido este último a una denuncia moral —contra los ricos, los empresarios, con nombre y apellido—, expresando más ideología barata que reflexión. Con ello ha perdido algo central: el privilegio no es una identidad ni un pecado, sino un arreglo social, y no es tan fácil sacarlo a la luz.
La modernidad democrática nace, precisamente, como un desmantelamiento de los privilegios de una sociedad en la que la cuna definía jurídicamente el destino de cada cual: la sociedad estamental. Pero esa conquista no eliminó el privilegio; lo transformó. Hoy el privilegio rara vez aparece como excepción jurídica. Reaparece, más bien, oculto como ventaja durable bajo reglas iguales: acceso preferente a recursos, influencia o credibilidad. Y, crucialmente, suele presentarse como algo merecido. Los resultados de la PAES en Chile son el ejemplo más palmario.

Aquí la izquierda enfrenta un dilema que no puede seguir eludiendo. El mérito no es un invento neoliberal ni un valor reaccionario. Es parte de la promesa moderna de reconocimiento: que la contribución y el trabajo importan. Negarlo por completo deja a la izquierda sin lenguaje para hablarle a sociedades que evalúan la justicia también en clave de esfuerzo. Pero cuando el mérito se totaliza —cuando se convierte en la explicación general del éxito y del fracaso— se vuelve una coartada del privilegio: traduce ventajas heredadas en merecimiento individual.
La derecha también critica “privilegios”, pero lo hace en un sentido muy estrecho: todo lo que interrumpe la competencia es denunciado como favor ilegítimo. Así, derechos sociales y políticas correctivas aparecen como privilegios, mientras las verdaderas concentraciones de poder —económico, político, epistémico— permanecen intactas. No es casual que el gabinete del presidente electo muestre, en algunas áreas clave, un contubernio estrecho con los sectores más ricos y poderosos del país, al mismo tiempo que proclama acabar con los privilegios.
Criticar privilegios no es igualar hacia abajo ni demonizar el mérito. Es distinguir entre derechos universalizables y ventajas cerradas; entre reconocimiento por contribución y conversión del éxito en poder; entre competencia justa y reproducción encubierta. Todo ello supone una visión programática compleja y un vínculo estrecho tanto con el mundo social como con el mundo académico.
He insistido en que el progresismo debe reapropiarse del mérito. Hoy es claro que también debe reapropiarse de la crítica del privilegio, hoy ambos en manos de la derecha. Volver, en suma, a su raíz moderna: una política que combate la excepción, limita la conversión del éxito en dominación y hace de la igualdad de estatus algo más que una promesa formal. Esa es una renovación pendiente —y urgente— del progresismo.
Columna en La Segunda de Mauro Basaure, director del Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual de la Universidad Andrés Bello (UNAB).
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