La Segunda | Carta de Alejandra Energici: la pregunta equivocada sobre la IA
Antes de discutir qué hará la IA con nuestras capacidades intelectuales, conviene examinar las condiciones en las que estas ya se ejercen.
Mucho se dice que la inteligencia artificial reemplazará el pensamiento humano. La alarma suena razonable: nadie quiere que una máquina piense por nosotros. Pero antes de decretar el funeral de la reflexión, conviene hacer una pregunta menos solemne y bastante más incómoda: ¿qué es exactamente lo que tememos perder?
No es una pregunta cínica. Antes de discutir qué hará la IA con nuestras capacidades intelectuales, conviene examinar las condiciones en las que estas ya se ejercen. En Chile, el 53% de los adultos se ubica en el nivel 1 o por debajo en comprensión lectora, según la evaluación PIAAC de la OCDE. En ese nivel, las personas pueden encontrar información explícita en textos breves; quienes están por debajo no logran entender una oración simple. En este sentido, las condiciones para reflexionar ya son frágiles, mucho antes de la llegada de la IA.
El 51% de los chilenos utiliza las redes sociales como fuente de noticias. No es un dato menor. Se trata de espacios en los que el algoritmo premia la reacción por sobre la deliberación y tiende a reforzar aquello que ya creemos. No es solo una cuestión de preferencias individuales; es una característica intrínseca de la arquitectura del medio.
A ello se suma una limitación menos visible: la disponibilidad de atención. El 62% de los chilenos dedica entre dos y cinco horas diarias a alguna red social. Ese uso se da entre el trabajo, los cuidados, las deudas y los traslados. El scroll no desplaza la reflexión; se abre paso en un contexto marcado por el cansancio, la sobrecarga y, paradójicamente, la escasez de espacios para desconectarse.
La discusión, entonces, no debería limitarse a si las máquinas van a razonar por nosotros. La pregunta urgente es si la IA vendrá a corregir las brechas ya existentes o a profundizarlas. Porque el verdadero riesgo no es una tecnología demasiado inteligente, sino una sociedad que siga repartiendo desigualmente la posibilidad de reflexionar.
Carta de Alejandra Energici, académica de Sociología UNAB, publicada en La Segunda.
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