10 Septiembre 2026

Ex-Ante | Columna de opinión: La economía de la pregunta

Este artículo fue escrito por los profesores de la Facultad de Economía y Negocios UNAB, Vera Voitova y Jesús Juyumaya.

Nueve de cada diez empresas chilenas ya tienen algún grado de interacción con la inteligencia artificial, según la segunda edición del estudio SONDA Tech Trends. Solo un 5% la ha integrado de manera transversal en su operación. La mitad de los trabajadores del país la usa varias veces por semana, de acuerdo con People at Work 2026 de ADP Research. La distancia entre esas cifras es el problema económico más interesante del momento, y no se cierra comprando más licencias.

Conviene entender por qué. Durante un siglo, el trabajo calificado consistió en tener la respuesta: el profesional valía por lo que sabía y las organizaciones se ordenaron en torno a esa escasez. La IA generativa desarmó ese arreglo en menos de tres años. Hoy una respuesta competente, bien redactada y verosímil cuesta prácticamente cero. Y la economía enseña algo elemental sobre estas situaciones: cuando el precio de un bien se desploma, el valor migra hacia sus complementos. Cuando se abarató el cálculo, el valor se desplazó al diseño del modelo. Ahora que se abarata la respuesta, el valor se desplaza a la pregunta.

No a la pregunta como fórmula de manual, sino a la pregunta como problema bien planteado: qué se busca, bajo qué restricciones, con qué criterio sabremos si lo que llegó sirve. Y sobre todo a la contrapregunta, que es la habilidad más escasa de todas: dudar de lo que la máquina entregó y distinguir dónde está firme de dónde solo suena bien. Estos sistemas producen fluidez sin garantía de fundamento. Quien no sabe repreguntar no puede diferenciar una respuesta correcta de una plausible, y el costo del error no desaparece: se traslada aguas abajo y se vuelve invisible.

Chile llega mal preparado a esa exigencia. La evaluación de competencias de adultos de la OCDE dejó al país en el último lugar entre 31 economías: 218 puntos en comprensión lectora frente a un promedio de 260. Usamos la herramienta masivamente y leemos mal. Un país que lee con dificultad va a preguntar con dificultad, y va a aceptar sin resistencia lo primero que la pantalla le devuelva.

Para las universidades, esto obliga a un cambio de mirada más profundo. Si el contenido está disponible y la respuesta es gratuita, el aporte formativo se juega en la metacognición: enseñar a planificar cómo se abordará un problema, a monitorear el propio razonamiento mientras se avanza y a evaluar la calidad de lo que uno recibió. Eso exige mover la evaluación desde el producto hacia el proceso.

Para las empresas, la tarea es construir una infraestructura de capacidades. La ventaja competitiva no está en el modelo, que es el mismo para todos, sino en los complementos organizacionales que permiten interrogarlo bien. Datos ordenados. Criterios de decisión explícitos. Rutinas de verificación con responsables identificables.

Hay además una advertencia menos evidente. Las capacidades que se dejan de ejercitar migran hacia afuera de la organización y no vuelven solas. Cuando un equipo externaliza el análisis sin construir en paralelo la capacidad de evaluarlo, gana velocidad este trimestre y pierde criterio en tres años.

La discusión pública sigue anclada en cuántos empleos desaparecerán. Es la pregunta menos útil. En la economía de la pregunta, la ventaja no la tiene quien accede a la máquina, la tiene quien sabe qué pedirle y, sobre todo, cuándo no creerle.

Esta columna fue publicada en Ex-Ante el miércoles 9 de septiembre de 2026.