01 Junio 2026

Emol | Juan Pablo Catalán comentó la deserción escolar en Chile

Juan Pablo Catalán sostiene que el principal desafío es comprender que la deserción escolar no es solo un problema administrativo, sino una fractura social profunda.

La violencia adolescente registrada durante los últimos meses en distintos establecimientos educacionales volvió a instalar preocupación sobre uno de los fenómenos más complejos que enfrenta el sistema educativo chileno: la deserción escolar. Aunque las cifras oficiales muestran una disminución en la cantidad de estudiantes que abandonan las aulas, especialistas advierten que el problema sigue lejos de resolverse y que detrás de cada caso existen trayectorias marcadas por pobreza, exclusión, rezago académico, salud mental deteriorada y pérdida de sentido respecto de la escuela.
El Ministerio de Educación, a través de su Centro de Estudios (CEM), reveló los últimos datos oficiales de desvinculación escolar 2024, correspondientes a estudiantes que terminaron el año académico, pero no regresaron a clases en 2025. Según el reporte, la tasa de desvinculación pasó de 1,7% en 2022, equivalente a 50.814 estudiantes, a 1,3% en 2024, correspondiente a 40.063 alumnos. La cifra representa el nivel más bajo desde que existen registros comparables, iniciados en 2010, e incluso se ubica por debajo del mínimo histórico alcanzado en 2018, cuando se registraron 40.575 estudiantes desvinculados.
Sin embargo, especialistas sostienen que los números deben analizarse con cautela. Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación de la Universidad Andrés Bello, afirma que la disminución refleja una mejora, pero no implica que el fenómeno esté superado. “Las cifras más recientes muestran una mejora, pero no una razón para conformarse”, explica.
El investigador agrega que detrás de las estadísticas existen historias personales de exclusión que muchas veces comienzan mucho antes del abandono formal. “Hay estudiantes físicamente presentes, pero profundamente desconectados del aprendizaje, de sus profesores y de la idea misma de futuro. Y esa es quizás la antesala más silenciosa del abandono escolar”, sostiene.

Ausentismo y desconexión

Pese a la baja en la deserción formal, distintos estudios muestran que la asistencia escolar sigue siendo una de las principales alertas del sistema educativo chileno. Trinidad Valdés, directora del Magíster de Educación de la Universidad de los Andes, señala que la recuperación posterior a la pandemia todavía es incompleta.
En la misma línea, Francisca Espinoza, directora de Estudios de Acción Educar, advierte que el ausentismo continúa siendo el principal predictor de abandono escolar. “En el primer semestre de 2025, 838.089 estudiantes presentaron inasistencia grave, equivalente al 28,3% de la matrícula, y 115.675 no asistieron a más de la mitad del semestre. Esos jóvenes no han desertado todavía, pero están en camino”, sostiene.

Factores detrás de la deserción

Los expertos coinciden en que el abandono escolar es un fenómeno multicausal que no ocurre de manera repentina. La pobreza, las dificultades económicas, la violencia barrial, la salud mental y el debilitamiento de los vínculos familiares y escolares aparecen entre los factores más determinantes. Catalán explica que “la deserción escolar no ocurre de un día para otro. Es una despedida lenta. Primero baja la asistencia, luego aparece el rezago, después se debilita el vínculo con la escuela y finalmente el estudiante desaparece del sistema”.
Según el académico, influyen factores como la precariedad laboral, la baja escolaridad de los padres, la falta de redes de apoyo, responsabilidades de cuidado y experiencias escolares marcadas por el fracaso o la exclusión.
El especialista también advierte que muchos estudiantes terminan abandonando porque sienten que la escuela dejó de responder a sus necesidades. “Un niño que siente humillación permanente por no aprender, que vive etiquetado como ‘problemático’ o que jamás experimenta éxito escolar, comienza lentamente a convencerse de que la escuela no fue hecha para él”, afirma.
Valdés agrega que la evidencia internacional ha identificado elementos clave para prevenir la deserción, entre ellos el involucramiento familiar, ambientes escolares positivos, vínculos con docentes y compañeros, además del éxito escolar temprano. “Cuando algunos de esos factores no están o están demasiado deteriorados, los estudiantes tienen mayores probabilidades de desertar”, explica.

Pobreza, violencia y salud mental

La crisis de salud mental adolescente posterior a la pandemia también aparece como un factor central para entender el deterioro del vínculo escolar. Catalán sostiene que “la salud mental adolescente se ha transformado en una de las grandes emergencias invisibles del sistema educativo”. Según explica, tras la pandemia aumentaron significativamente los síntomas de ansiedad, depresión e irritabilidad entre niños y jóvenes, mientras muchas escuelas continúan enfrentando esta situación con escasos recursos y equipos insuficientes.
“La violencia escolar que hoy observamos en Chile no puede analizarse solo desde la disciplina; también debe entenderse como el síntoma de una infancia y adolescencia emocionalmente agotada”, comenta.
Desde Acción Educar, Espinoza advierte que el deterioro de la convivencia escolar se ha intensificado durante los últimos años. Según el balance del Plan de Reactivación Educativa realizado por la entidad, las denuncias por convivencia escolar alcanzaron 17.067 casos en 2025, la cifra más alta registrada por la Superintendencia de Educación. “El clima escolar deteriorado no es un dato menor: Es parte del por qué los jóvenes no quieren ir”, afirma.
A ello se suma el desgaste emocional de los propios docentes. Espinoza señala que más de la mitad de los profesores presenta signos de agotamiento y malestar emocional, situación que también impacta en la calidad de los vínculos con los estudiantes.

Riesgos y exclusión social

Los especialistas coinciden en que abandonar tempranamente la escuela aumenta significativamente los riesgos de exclusión social, precariedad laboral y exposición a contextos de violencia y delincuencia. Catalán aclara que abandonar los estudios “no conduce automáticamente a la delincuencia”, pero sí incrementa los factores de riesgo. “Cuando la escuela se retira, otros actores ocupan ese vacío. En algunos territorios, la calle educa más rápido que la escuela, pero educa para sobrevivir, no para construir futuro”, explica.
El académico agrega que uno de los efectos más graves del abandono escolar es la ruptura de la promesa de movilidad social. “Cuando un adolescente abandona tempranamente sus estudios, no solo pierde contenidos curriculares; pierde oportunidades, redes, capital cultural y posibilidades de proyectarse”, sostiene.
Valdés coincide en que distintos estudios internacionales muestran un mayor riesgo de delincuencia asociado a la deserción escolar, además de menores ingresos, desempleo y exclusión social de largo plazo.

Políticas y desafíos pendientes

Aunque el Gobierno ha impulsado medidas de revinculación y reactivación educativa, diversos especialistas consideran que los avances siguen siendo insuficientes. Catalán reconoce que el país ha avanzado en materias como convivencia escolar, asistencia y salud mental, pero advierte que “la información por sí sola no revincula”.
“Se necesitan equipos territoriales, duplas psicosociales, tutores, apoyo pedagógico y trabajo con las familias. Sin recursos humanos suficientes, la política corre el riesgo de quedarse en plataforma, reporte y buena intención”, afirma.
Espinoza cuestiona directamente la efectividad de las políticas implementadas. “Nuestro balance del Plan de Reactivación muestra que de las 10 metas globales del plan no se cumplió ninguna”, sostiene.
La investigadora agrega que los equipos territoriales de revinculación ejecutaron solo el 17,3% de su presupuesto durante el primer semestre de 2025 y que en 167 comunas no se contrató a ningún profesional para estas tareas.
Entre las medidas propuestas por los expertos aparece el fortalecimiento de programas de acompañamiento socioemocional, currículos flexibles para jóvenes fuera del sistema, tutorías personalizadas y mayor articulación entre educación, salud y protección social.
Catalán sostiene que el principal desafío es comprender que la deserción escolar no es solo un problema administrativo, sino una fractura social profunda.