26 Mayo 2026

El Mostrador | Zamarrear a un niño puede causar daño severo en el cerebro

En una nota publicada el 26 de mayo de 2026, la directora de la carrera de Medicina UNAB, Francisca Salas, abordó las consecuencias que puede tener este tipo de conductas violentas en un menor de edad.

El caso de un padre formalizado tras ser denunciado por zamarrear a su hija volvió a poner sobre la mesa una realidad que especialistas en infancia conocen bien: una sacudida violenta puede causar lesiones graves en el cerebro e incluso la muerte de un niño pequeño, aunque a simple vista “parezca que no pasó nada”.

Imagen referencial

Francisca Salas, pediatra y directora de Medicina de la Universidad Andrés Bello, explica que este tipo de agresiones puede provocar lo que se conoce como “Síndrome del niño sacudido” o traumatismo craneal no accidental.

“Lo grave es que puede no dejar lesiones externas evidentes, pero sí causar lesiones internas severas”, señala.

Entre ellas menciona hemorragias intracraneales, inflamación cerebral, daño cerebral difuso y hemorragias en la retina. Algunas de estas lesiones pueden manifestarse horas después mediante convulsiones, alteraciones respiratorias, vómitos o compromiso de conciencia.

Un cerebro mucho más vulnerable

La pediatra explica que los lactantes y niños pequeños tienen características físicas que los hacen especialmente sensibles frente a movimientos bruscos.

“Su cabeza es proporcionalmente más grande que la de un adulto, la musculatura del cuello todavía es débil, los ligamentos son más laxos y el cráneo continúa en desarrollo. Además, existe un mayor contenido de agua intracraneal”, agrega.

Todo esto facilita que, durante una sacudida violenta, el cerebro se desplace dentro del cráneo.

“Frente a movimientos bruscos de aceleración y desaceleración el cerebro se desplaza con mucha más facilidad que en un adulto, lo que hace más probable que se presenten lesiones intracraneales graves”, explica Salas.

Las señales que pueden alertar

Uno de los principales problemas es que los síntomas no siempre son inmediatos ni evidentes.

Según la pediatra, algunas señales de alerta pueden ser irritabilidad intensa, llanto inconsolable, somnolencia excesiva, dificultad para despertar, rechazo alimentario o vómitos sin explicación clara.

En casos más severos pueden aparecer convulsiones, episodios de apnea, alteraciones del tono muscular o pérdida de habilidades previamente adquiridas. También pueden generar sospecha moretones en zonas poco habituales, como orejas, cuello o tronco, especialmente en bebés que aún no gatean ni caminan.

Ningún signo aislado hace el diagnóstico por sí mismo”, aclara la especialista. Por eso, ante una sospecha, se requiere una evaluación clínica completa, incluyendo neuroimágenes y evaluación oftalmológica.

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