05 Enero 2026

El Mostrador | Altas temperaturas y enfermedades crónicas: el riesgo que aumenta en verano

Juan Videla, académico de la carrera de Enfermería de la U. Andrés Bello, sede Santiago, advirtió de los efectos de las altas temperaturas en personas con enfermedades crónicas.

En una nota publicada el 3 de enero por El Mostrador, el académico de la carrera de Enfermería de la U. Andrés Bello, sede Santiago, Juan Videla, advirtió de los peligros del calor en las personas con enfermedades crónicas.

Cada verano, cuando el termómetro supera los 30 °C en gran parte del país, la preocupación pública se concentra en la insolación y la deshidratación. Sin embargo, hay un riesgo menos visible y potencialmente más grave: el impacto del calor en las enfermedades crónicas.

Diabéticos, personas con insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica y quienes viven con patologías respiratorias ven alterados sus mecanismos de defensa frente al calor, con aumentos sostenidos de consultas y hospitalizaciones por descompensaciones.

“El cuerpo con diabetes, insuficiencia cardíaca o enfermedad renal procesa el calor de forma distinta. La termorregulación falla: se suda menos, el corazón se acelera y los riñones pierden capacidad de conservar líquidos. Ese cóctel puede derivar en deshidratación, sobrecarga cardíaca y desequilibrio metabólico”, explica Juan Videla.

Uno de los puntos críticos del verano es el manejo de medicación crónica. “Diuréticos, antidepresivos, antihipertensivos, insulina u otros hipoglicemiantes pueden potenciar el riesgo de crisis de salud bajo calor extremo. No se trata de suspender por cuenta propia, sino de consultar al equipo tratante: puede ser necesario un reajuste temporal de dosis”, advierte Videla.

En diabetes, el calor acelera la deshidratación y puede elevar la glucosa; pero también puede ocurrir lo contrario si el paciente bebe poco por miedo a retener líquidos, o se administra insulina y no come por falta de apetito en días calurosos.

“Allí aparecen las hipoglucemias severas, que se vuelven más frecuentes en jornadas sobre 35 °C”, señala el académico de la UNAB. La recomendación es planificar colaciones, no saltar comidas y revisar el plan de insulina ante olas de calor.

En cardiología, la vasodilatación por calor y la pérdida de agua aumentan la viscosidad sanguínea y reducen el volumen circulante, forzando al corazón. “Si el corazón ya está exigido y encima baja el volumen efectivo de sangre, el trabajo cardíaco se dispara y los riñones pueden resentirse. Muchos adultos mayores llegan ‘de repente’ con disnea, edema o mareos sin asociarlo al calor”, agrega Videla.

El verano también agrava la función respiratoria: el aire caliente arrastra más polvo y alérgenos; y en temporadas de incendios, el material particulado empeora síntomas de asma y EPOC. “Las personas con enfermedades pulmonares lo notan al instante: aumenta la sensación de falta de aire y las exacerbaciones. Es clave contar con plan de acción y filtros/mascarillas cuando la calidad del aire es mala”, sugiere.

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