El Mercurio | Directora de Programa de Pedagogía en Educación Media UNAB aborda la destrucción de una escuela en Tomé
Romina Irribarra explicó a El Mercurio cómo se responde ante este tipo de siniestros ocurridos en otros países. Clave es el apoyo psicológico para los niños y niñas que resultaron afectados.
La tragedia de los incendios forestales en el Biobío tocó muy de cerca a la educación. La destrucción de la escuela Punta de Parra de Tomé dejó a 197 niños quedaron sin un establecimiento para el año escolar 2026.
El recinto fue abierto en 2024 y estaba preparado para el retorno de lo estudiantes, pero las llamas truncaron ese sueño. De momento, el ministro de Educación, Nicolás Cataldo, sostuvo que el Desafío Levantemos Chile levantará un recinto modular, mientras se reconstruye el edificio.
Una realidad que motivó a Romina Irribarra, directora del Programa Pedagogía en
Educación Media de la UNAB Concepción, a explicar que la reconstrucción también es «social y emocional».
«En Australia, tras los megaincendios de 2019-2020, iniciativas tejieron apoyo psicológico en aulas improvisadas, fortaleciendo lazos que evitaron que niñas y niños se perdieran en la sombra del duelo. En Valparaíso, duplas psicosociales itinerantes ayudaron a sanar a docentes exhaustos».
De la destrucción a la esperanza
Irribarra abordó que es importante tomar en cuenta “la salud mental de profesoras y profesores y la comunidad escolar clama por atención”.
En ese sentido, la docente UNAB explicó que “aquellos que vieron arder sus aulas cargan un duelo, una ansiedad que les roba la voz y la paciencia, mientras familias enfrentan soledades amplificadas por sensibilidades rotas ante el caos”.
Irribarra ejemplificó. “En Puerto Rico tras los huracanes, círculos de diálogo y arteterapia, adaptados con rincones sensoriales calmantes, nombraron dolores colectivos y reavivaron la confianza”, dijo.
Es así que la académica recordó que en Lirquén y Penco, talleres comunitarios con equipos multidisciplinarios, en donde se diseñasen estrategias inclusivas con la comunidad, «pueden ayudar disipar esa desolación, restaurando lazos rotos».
“Sin este abrazo, el aprendizaje se apaga. Niñas y niños con miradas perdidas, neurodiversidades sobrecargadas sensorialmente, atrapados en traumas que nublan mentes curiosas”, finalizó.
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