DESTACADO Comunicación y Educación

Cuatro alumnas asumieron el desafío de enseñar a nueve adultos mayores, quienes cada semana superan sus propias limitantes y trabajan en grupo el conocimiento adquirido.

Escrito por

Es viernes por la mañana y casi todos los integrantes del grupo ya revisan sus tareas. Son nueve alumnos, trabajadores de Grupo Eulen 39 y 70 años, quienes se han propuesto aprender a leer y a escribir. En este espacio olvidan el trabajo diario y regresan al pupitre, toman apuntes, preguntan, rompen con las frustraciones y pasan las dificultades con ingenio.

La clase es guiada por cuatro estudiantes de segundo año de la Carrera de Psicopedagogía vespertino de UNAB, quienes desarrollan el plan iniciado por el Grupo Eulen. En 2012 la empresa impulsó el Programa de Alfabetización Funcional para sus trabajadores, en sus inicios los gerentes asumieron la responsabilidad de enseñar cada semana. Más tarde se sumó una casa de estudio, pero este año tomó el trabajo la UNAB.

Cuando las alumnas de Psicopedagogía recibieron la propuesta comenzaron una investigación. Notaron que la bibliografía vinculada al aprendizaje de adultos era escasa, por lo que decidieron crear su propia metodología con la guía de Isabel Rivera, directora de la Carrera de Psicopedagogía Vespertino, que propuso conocer a quienes se les enseñaría.

“Lo primero fue preguntarse por qué no aprendió a leer, si fue falta de estimulación, porque nunca fue al colegio o lo retiraron antes. Ese fue el proceso que hicieron las chicas en marzo, evaluarlos uno a uno”, explica Rivera.

Una vez en clase las practicantes dividieron al curso según el grado de conocimiento para una educación personalizada. Algunos son alumnos nuevos mientras otros participaron los primeros años pero hoy regresan para seguir aprendieron y así llegar a la graduación.

Julia Manzano tiene 58 años, regresa a ser parte del programa después de tres años. Cuenta que aprender a leer de corrido es su meta. “Al principio mi hija me dijo que cómo iba a estudiar tan vieja, si no lo había hecho antes, pero yo le contesté que nunca es tarde para aprender. Ahora lo entienden, mi hija y mi nieta me ayudan en las tareas, se dieron cuenta que yo tenía razón”.

Al igual que Julia, quien espera con ansias la llegada del viernes, Erika Cortes de 59 años se prepara para las clases con el apoyo de sus hijos. “Esto es importante para ser alguien más en la vida. Uno se tiene que poner las metas, como adquirir un puesto y ser jefa para enseñar a los otros y mostrarles que ellos también pueden, que si les dan una oportunidad que la aprovechen”.

Juvenal Díaz ya pasó los 60, desde que partió en el programa sabe que su voluntad lo llevará a aprender, pero también que su continuidad dependerá de quién tenga disposición para enseñarle. “Entiendo las palabras, cuando quiero llegar a alguna parte puedo ver las calles y por dónde voy, pero quiero aprender a expresarme mejor. Cuando le conté a mi pareja me dijo que estaba bien, aparte como ella tampoco sabe leer, y yo estoy estudiando, está aprendiendo conmigo, le estoy enseñando”, relata.

Yomar Salinas llegó desde Bolivia hace cinco años, tiene claro que leer es una necesidad para desarrollarse y por eso estudia en la clase y en la casa junto a su familia. “Quiero aprender más porque la vida misma te exige. Tengo tres hijos, uno en la universidad, otro en el colegio y la otra trabaja, a veces ellos me ayudan cuando nos encontramos y cuando pueden”, cuenta.

Aprendizaje desde el entorno

El proceso de alfabetización fue un desafío planteado a Psicopedagogía de UNAB en el contexto de las prácticas que deben realizar las estudiantes para su carrera, por eso tomaron herramientas de su formación académica, pero con una variable: los adultos aprenden del entorno.

Daniela Brito, estudiante de segundo año de Psicopedagogía vespertino, indica que fue necesario hacer una alfabetización de adultos contextualizándolos y para eso se usaron conceptos de su contexto habitual como alimentación, seguridad y transporte. Por eso desde el inicio las estudiantes salieron a la calle y fotografiaron el entorno; señalética, letreros, nombres de calles.

En la segunda etapa de la clase los alumnos han dejado de lado los pupitres y sacan ranitas de origami de sus bolsos, las ponen en el suelo para competir. En una pista imaginaría las impulsan con toques para que la ranita salte y llegue a la meta. Por unos minutos los adultos regresan a la infancia, pero también se concentran.

“Para poder aprender a leer y escribir ellos deben adquirir o potenciar habilidades como seguir una instrucción. Ahí vimos graves falencias porque estaban ansiosos, cuando les dábamos instrucciones no respondían y comenzaban a acelerarse. Entonces teníamos que hacer algo para calmar un poco la ansiedad, que entendieran que es necesario seguir el paso a paso de algo y por eso implementamos el origami”, explica Brito.

La estudiante explica que muchas veces se frustran y bloquean cuando no llegan rápido con una respuesta, por eso es importante la selección del vocabulario en la clase”. No podemos llenarlos de imágenes de niños porque no son niños, y todo lo que está en el mercado y bibliografía de alfabetización está orientado a niños. Por eso empezamos con las temáticas para orientar, con lluvia de ideas para que dijeran lo que estaban viendo en el entorno, en lo cotidiano y qué significa para ellos”.

Para llegar hasta ese punto de conocimiento de los alumnos fue un trabajo que evolucionó desde 2012 y que ha sido pulido por la generación de UNAB. Yorcy Sánchez, subgerente de Formación y Sostenibilidad de Grupo Eulen, cuenta que todo partió del ítem de responsabilidad social, en que su principal preocupación fue la calidad educacional que tenían sus funcionarios y como la empresa podía aportar a que tuvieran mejor conocimiento y mayor autonomía.

Y aunque la metodología de enseñanza se ha perfeccionado hay espacios que se han mantenido. En 2012 las clases que deban los gerentes de Eulen partían con un almuerzo en una mesa tipo té club, ahora después de un inicio intenso de clases, hay espacio para un desayuno, donde maestras y alumnos comparten más allá de la sala de clases y entienden, en ambas direcciones, sus contextos.

Se trata de una pauta de clase que mantiene el espíritu implementado desde el inicio para potenciar el conocimiento de sus trabajadores. “Buscamos que también fuese un taller de autonocimiento, para que pudieran manejar de mejor manera esta nueva ventana que se abre para que sean más autónomos, entiendo la liquidación de sueldo, tomar la micro porque sé lo que dice y no por el color, o sea desenvolverse de manera más autónoma en los ámbitos completos de la vida” indica Sánchez.

Para la gerenta la alfabetización de adultos funciona, y el nulo nivel de deserción es un indicador de éxito. Para Sánchez que de 12 mil trabajadores que tiene la empresa 10 se alfabeticen anualmente es un logro: “Además eso genera instancias para que el día de mañana, aunque no trabajen acá, estén mejor calificados para trabajar en otro lugar”.

Más allá de las evaluaciones periódicas que realizan las futuras psicopedagogas y los reportes que entregan a la empresa, hay un examen que resume un año completo de trabajo.

“Uno ve esta emoción que sienten de lo aprendido, porque todo se muestra en el cierre de este programa a fin de año, cuando lean algo o hagan un discurso y se gradúen. Es la misma sensación de cuando nos graduamos de cuarto medio, para ellos es una ceremonia muy importante porque los acompaña su familia. Generalmente cuando termina el programa me entregan un par de cartas donde agradecen la oportunidad y generalmente escriben: ‘esperamos que esto no deje de ocurrir y ojalá se repita´”, concluye Sánchez.

 

Noticias relacionadas

Share This