Carolina Corvalán: “Mi trabajo parte desde una emoción propia antes de existir para otros”
La fotógrafa y artista visual fue seleccionada entre más de 300 postulaciones para formar parte de la exposición “Nuevos Talentos” en Factor F by Factoría Franklin, donde presentará una obra que cruza fotografía, emoción y arte generativo.

Carolina Corvalán es fotógrafa, directora de arte y gestora cultural chilena, con más de 20 años de trayectoria en el ámbito de la imagen.
Su trabajo se caracteriza por la exploración de nuevas formas de creación visual, integrando fotografía tradicional con herramientas digitales como la inteligencia artificial, que utiliza como un recurso creativo para reinterpretar retratos y emociones.
Ha desarrollado proyectos como “PortrAIt: Retratos reinventados”, una de las primeras propuestas en Chile en trabajar la fotografía intervenida con IA, consolidándose como una de las voces pioneras en el cruce entre arte, tecnología y narrativa visual contemporánea.
Fuiste seleccionada entre los 33 artistas que forman parte de la exposición “Nuevos Talentos” en Factoría Franklin. ¿Qué significa para ti ser parte de esta convocatoria?
Ser parte de la exposición “33 Nuevos Talentos” en Factor F ha sido, ante todo, una sorpresa muy significativa. Postulé a comienzos de febrero desde un lugar bastante intuitivo, sin grandes expectativas, más bien guiada por un impulso de compartir una obra con la que, en ese momento, estaba volviendo a conectar.
La convocatoria de Factor F —quienes impulsan esta muestra— me pareció un espacio interesante de circulación, pero no anticipaba el alcance del proceso. Entiendo que hubo más de 300 postulaciones y que la selección se resolvió en un tiempo acotado, por lo que formar parte de este grupo de 33 artistas lo recibo con especial gratitud.
Más allá de la instancia expositiva, me interesa profundamente el cruce que se genera entre distintas prácticas. La diversidad de lenguajes presentes en la muestra no solo amplía la experiencia del espectador, sino que también tensiona y enriquece las formas en que cada obra se posiciona dentro del conjunto. En ese sentido, es una exposición que propone más que una vitrina: un campo de diálogo.
En esa línea también quiero destacar la labor de la curadora de esta muestra que es Mikele Orroño, quien ha logrado hacer de esta instancia una experiencia increíble tanto para los artistas que participamos como para el público asistente.
¿Con qué obra participas y qué propone tu trabajo en esta exposición?
Participé con una obra titulada Melancolía, que se origina en un retrato fotográfico de una persona real, el cual luego someto a procesos de deconstrucción a través de herramientas de arte generativo. En mi trabajo no busco borrar el origen, sino tensionarlo: me interesa desplazar la imagen desde su condición documental hacia un territorio más inestable, donde identidad, memoria y representación comienzan a reconfigurarse.
Trabajo desde esa primera captura —la intensidad contenida en una mirada— para proyectarla hacia otro espacio y tiempo. En ese tránsito, la imagen deja de ser fija y se convierte en un campo de transformación. La carga emocional no desaparece; se fragmenta, se desplaza y se reorganiza en nuevas capas de lectura.
Uso títulos muy breves, casi como enunciados abiertos. No buscan definir la obra, sino activar una experiencia, dejando espacio para que quien observa complete el sentido desde su propia interpretación y establezca un vínculo más personal con la imagen.
Tu trabajo combina fotografía y nuevas tecnologías. ¿Cómo se expresa esa relación en esta obra?
Siempre he trabajado desde la fotografía, pero con el tiempo mi práctica ha ido incorporando nuevas herramientas digitales. En ese sentido, la inteligencia artificial no es el resultado en sí mismo, sino una herramienta más dentro del proceso creativo.
En esta obra hay un flujo claro: comienza en la fotografía, pasa por una etapa de experimentación con arte generativo —a través de distintas plataformas— y luego atraviesa un proceso de edición y pulido donde voy afinando la imagen hasta encontrar su forma final. Me interesa ese tránsito, ese desplazamiento entre lenguajes, donde lo fotográfico se expande sin perder su origen.
Para mí también es importante ser transparente con ese proceso. No veo sentido en ocultarlo. Así como en la fotografía existe un recorrido de prueba y error, aquí también hay exploración, decisiones y sensibilidad. Lo técnico no reemplaza la mirada; la acompaña, la tensiona y, en ciertos casos, la lleva hacia lugares inesperados.
Has mencionado una evolución en tu trabajo. ¿Cómo describirías ese cambio?
Tiene que ver tanto con lo técnico como con lo personal. Desde mis proyectos anteriores, como PortrAIt y Rostros de mujeres en la historia de Chile, he ido profundizando en una dimensión más curatorial de mi práctica, otorgándole mayor densidad conceptual a cada obra.
Hoy siento que hay una reflexión más sostenida detrás de lo que hago. Ya no se trata solo de experimentar con herramientas, sino de construir una narrativa con sentido, donde cada decisión —visual y conceptual— responde a una intención más clara.
También ha aparecido otro ritmo: hay más pausa, más observación, más contemplación. Ese cambio no solo afecta el resultado final, sino también la forma en que me relaciono con la imagen y con el proceso mismo.
¿Dirías que esa búsqueda también responde a una mayor madurez artística?
Absolutamente. En una primera etapa había una exploración más abierta, una curiosidad constante por comprender y experimentar con estas nuevas tecnologías. Hoy ese impulso sigue presente, pero se articula desde un lugar más consciente y con un enfoque más definido.
También ha habido un desplazamiento importante en mi relación con el trabajo: ya no busco responder a expectativas externas. La obra nace desde una necesidad interna, desde una intuición que se va afinando en el proceso.
Para mí, el punto de cierre tiene que ver con eso: que la obra me conmueva y logre sostenerse en su propia coherencia. Desde ahí, se abre la posibilidad de conexión con otros. Esa relación con el espectador me interesa, pero no como una búsqueda forzada, sino como algo que ocurre cuando la obra encuentra su propio lenguaje.
La exposición busca visibilizar nuevas generaciones de artistas. ¿Te sientes parte de esa escena?
Sí, totalmente. Hoy percibo en Chile una escena especialmente dinámica, donde distintos lenguajes comienzan a cruzarse de manera más libre: fotografía, arte digital, textil, audiovisual, entre otros. Ese cruce no solo amplía las posibilidades formales, sino que también tensiona las categorías más tradicionales desde las que históricamente se ha pensado la práctica artística.
También observo un cambio en los espacios de exhibición. Han surgido nuevas galerías y plataformas que están apostando por visibilizar propuestas emergentes, generando instancias que muchas veces no encuentran lugar en circuitos más establecidos. Eso abre un campo más diverso y permeable.
En ese contexto, el uso de tecnologías como la inteligencia artificial forma parte de esta nueva escena. Aún genera ciertas resistencias, pero justamente ahí radica su potencia: en su capacidad de cuestionar, desplazar y expandir las formas en que entendemos la imagen y los procesos creativos.
Justamente, el uso de inteligencia artificial en el arte genera debate. ¿Cómo lo ves tú?
Creo que el debate sobre la inteligencia artificial en el arte refleja algo que ha pasado siempre con cualquier nueva herramienta: la fotografía, el video digital… siempre hay resistencia frente a lo desconocido. Pero la AI no sustituye al artista: detrás de cada obra sigue habiendo decisiones, sensibilidad y criterio humano. La diferencia es que ahora podemos dialogar con un lenguaje que responde a nuestras ideas de manera muy potente, casi como un colaborador. Para mí lo clave es ser transparente con el proceso y usar estas herramientas como un medio para explorar, no como un fin en sí mismo. Hay espacio para todos y para muchos modos de hacer.
¿En qué estás trabajando actualmente?
Actualmente estoy explorando cómo mis obras visuales pueden transformarse en experiencias audiovisuales, creando relatos sin palabras donde la imagen, el sonido y la emoción sean los protagonistas.
He desarrollado algunas piezas piloto y ahora busco profundizar en este formato con obras más largas, de cinco a diez minutos, que inviten al espectador a sumergirse plenamente en la experiencia.
Además, me sumé a la plataforma internacional CIFRA, donde estoy presentando algunas de mis piezas, lo que me permite conectar con un público global y situar mi trabajo en el contexto del arte digital contemporáneo.
Paralelamente, estoy abriendo espacios de colaboración con otros artistas, como una poetisa chilena y un proyecto musical, integrando la imagen en movimiento a sus universos creativos y generando un diálogo entre distintos lenguajes artísticos.
¿Qué viene para ti en los próximos meses?
Los próximos meses están muy enfocados en explorar y aprender. Fui seleccionada para una publicación internacional que visibiliza artistas emergentes, lo que me tiene muy entusiasmada.
Mi objetivo sigue siendo desarrollar un lenguaje propio, donde tecnología, narrativa y emoción se encuentren, y ver hasta dónde puede crecer ese cruce en nuevas formas de experimentar el arte.
Revisa más obras de Carolina Corvalán aquí
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