Atreverse a salir: del pregrado en la UNAB al liderazgo académico en Europa
Esta es la entrevista a Óscar Musalem, odontólogo formado en la U. Andrés Bello que actualemnte es Director de Departamento de Odontología Clínica Postgrado de la Universidad Europea de Valencia.

Desde España, donde hoy lidera el Departamento de Odontología Clínica de Postgrado en la Universidad Europea de Valencia, el Dr. Óscar Musalem-Domínguez mira hacia atrás y reconoce que la rigurosidad de su formación en la Universidad Andrés Bello fue clave para proyectar su carrera internacional. En esta conversación, reflexiona sobre los desafíos de estudiar y trabajar en el extranjero, el valor de la formación odontológica chilena y el impacto de la docencia en las nuevas generaciones.
¿Qué recuerdos guardas de tu etapa como estudiante en la UNAB?
Mi paso por la universidad fue de bastante rigurosidad. Fue una formación exigente, especialmente en los últimos años, donde había que combinar la atención clínica con una carga teórica muy densa. Es una carrera que demanda destrezas manuales, casi como un artesano, pero al mismo tiempo exige una base teórica sólida.
En su momento fue estresante, pero hoy lo veo como una experiencia grata. Esa misma rigurosidad y estructura me permitió después enfrentar el máster en Italia y el doctorado en España con menos temor. Más allá de los contenidos, lo importante fue cómo me formé como profesional: con disciplina, con educación continua y con una visión de largo plazo.

¿Sientes que ese nivel de exigencia facilitó tus estudios posteriores en el extranjero?
Absolutamente. Cuando estudié en Italia y luego hice el doctorado en España, pude comparar modelos académicos. No se trata de decir que uno es mejor que otro, sino que son distintos. Pero desde mi experiencia, la formación clínica en Chile era muy exigente.
Eso me permitió atreverme a mirar afuera sin sentir que no tenía las competencias necesarias. Me dio seguridad para explorar alternativas internacionales.
Hoy lideras un departamento de postgrado en España. ¿Cómo fue ese paso desde Chile hacia un rol de gestión académica?
Ha sido complejo, porque desde la formación odontológica no vemos mucho la gestión y dirección académica. Es un mundo completamente nuevo. Pasé de la clínica al doctorado y la investigación, y ahora estoy en gestión universitaria pura y dura.
Además, liderar en un país extranjero implica aprender códigos culturales distintos. España puede parecer cercana a Chile, pero en el trato diario somos diferentes. También es una universidad con más de un 50% de estudiantes extranjeros y un claustro académico muy diverso. Eso exige sensibilidad cultural y capacidad de adaptación.
Ha sido un año duro en términos de aprendizaje, pero muy interesante. Es conocer el “backstage” de cómo se gestionan los planes de estudio y la estructura académica.
¿Qué crees que influyó para que confiaran en ti para ese cargo?
No hay un solo elemento. Es un todo. Tal vez el ser estructurado, mantener un buen trato y buscar un equilibrio entre ser directo pero no impositivo.
Creo que también influyó mi experiencia como estudiante en el extranjero. Entender lo que significa estar fuera de tu país ayuda a conectar con alumnos internacionales. Y algo que valoro mucho es el trabajo silencioso: hacer bien tu labor sin necesidad de alardear. Cuando el trabajo se hace bien, se nota.
¿Cómo fue tu transición desde la clínica hacia la docencia?

Siempre tuve vocación por enseñar. Desde el pregrado me gustaba la docencia. La clínica me gusta, pero no es lo que más me mueve. Aun así, creo que nunca se debe abandonar del todo, porque mantiene el vínculo con la realidad del paciente y con las preguntas que luego pueden transformarse en investigación.
Lo que más me motiva es generar impacto en las nuevas generaciones. Por eso estudié odontopediatría: creo que el cambio está en ellos. Lo mismo ocurre en la universidad. Poder influir en la formación de futuros profesionales, actualizar mallas o líneas de pensamiento que finalmente repercutan en el bienestar del paciente, me genera una satisfacción profunda.
Desde tu experiencia, ¿cómo se posiciona la formación odontológica chilena —y particularmente la de la UNAB— a nivel internacional?
La formación odontológica chilena de pregrado es bastante buena. De hecho, lo he comentado con colegas: si tuviera que atenderme con un recién egresado chileno o uno europeo, probablemente elegiría al chileno, por la cantidad de horas prácticas y la exigencia clínica.
Lo que falta es mayor visibilidad internacional. Que no se escuche mucho en Europa no significa que no sea buena. Hay buenos profesionales y buen desarrollo, pero necesitamos proyectarlo más.
Quizás donde sí veo diferencias es en la educación continua. En Europa existe una cultura muy instalada de hacer cursos constantemente. En Chile, muchas veces quedamos agotados económicamente tras el pregrado y el postgrado, lo que dificulta seguir formándose de manera permanente.
¿Qué mensaje le darías a los estudiantes UNAB que sueñan con proyectarse en el extranjero?
Es más posible de lo que uno cree. No es tan imposible ni tan lejano. Hay que buscar, atreverse y abrir la mirada más allá de Estados Unidos, que suele ser nuestra primera referencia. Europa ofrece muchas alternativas.
Eso sí, no es fácil. Vivir en el extranjero no es todo lo que se ve en Instagram. Es duro, hay momentos de nostalgia, de cuestionamiento, de sentirse fuera de lugar. Pero merece completamente la pena. Te abre la cabeza, te permite comparar modelos y entender que no existe una única forma correcta de hacer odontología.
Hay que atreverse, sabiendo que no todo será color de rosa, pero que la experiencia te transforma.
¿Cómo te proyectas en los próximos cinco años?
En la academia. Es una carrera lenta y de largo plazo, que requiere paciencia. Me proyecto desarrollándome en docencia e investigación, manteniendo algo de clínica, pero con el foco principal en la formación universitaria.
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