17 Julio 2026

25 años de Medicina UNAB | «El origen no determina hasta dónde puede llegar una persona»: el oftalmólogo UNAB que operó en tres continentes

El Dr. Andrés Aqueveque egresó de Medicina en la UNAB en 2011. Hoy acumula más de 2.500 cirugías de retina y formación en Barcelona, Montreal y la ASRS.

Cuando Andrés Aqueveque egresó de Medicina en la Universidad Andrés Bello en 2011, desde la sede República, tenía clara una sola cosa: quería una especialidad que combinara bases médicas sólidas con resultados concretos para los pacientes.

Lo que no tenía claro era que ese criterio lo llevaría a rendir el examen MIR en España, a doctorarse Cum Laude en la Universidad Autónoma de Barcelona, a completar un fellowship de dos años en uno de los centros de retina más exigentes del mundo en la Université de Montréal y a acumular más de 2.500 cirugías vitreorretinianas entre Santiago y Viña del Mar. Una trayectoria que, según él mismo, no estaba trazada de antemano, sino que se fue construyendo etapa por etapa.

La retina es una subespecialidad dentro de la oftalmología, que ya de por sí es un campo acotado. Operar en ella implica trabajar con estructuras de décimas de milímetro, bajo microscopio, en pacientes que muchas veces llegan de urgencia con riesgo de pérdida visual irreversible. Es una disciplina donde la precisión no es un atributo deseable, sino una condición mínima. Y es exactamente eso lo que atrajo a Aqueveque desde sus años de residencia en Barcelona, cuando comenzó a entender que una cirugía bien planificada podía devolverle la visión a alguien que estaba a punto de perderla para siempre.

A 25 años de la creación de la carrera de Medicina de la Universidad Andrés Bello, el Dr. Aqueveque es parte de esa historia desde sus primeras generaciones. Hoy, con una trayectoria forjada en tres países y una subespecialización de nivel internacional, vuelve la mirada hacia el punto de partida y hacia lo que viene para quienes hoy ocupan las mismas aulas donde él comenzó.


  • ¿En qué año egresó de Medicina en la UNAB y qué lo llevó a elegir la oftalmología?

Egresé en 2011. Durante mi formación me interesaban las áreas que combinaran una base médica sólida con procedimientos y resultados concretos. En la oftalmología encontré esa combinación: clínica, tecnología, precisión quirúrgica y la posibilidad de generar un impacto muy directo en la calidad de vida. La visión tiene una importancia enorme en la autonomía de las personas. Poder preservar o recuperar, aunque sea parcialmente, la visión de un paciente es algo profundamente significativo.

  • ¿Cómo fue construir una trayectoria que pasó por Barcelona, Montreal y la certificación de la ASRS?

Fue un proceso progresivo, construido durante muchos años, con objetivos claros y una búsqueda constante de oportunidades. Después de estudiar Medicina en Chile, rendí el examen MIR e ingresé a la especialización en Oftalmología en el Hospital Universitari Parc Taulí, vinculado a la Universidad Autónoma de Barcelona. Ahí también completé un doctorado en Cirugía y Ciencias Morfológicas, que obtuve con calificación Cum Laude. Cada etapa implicó adaptarse a un nuevo país, aprender idiomas, rendir procesos de selección y volver a demostrar las capacidades profesionales. No fue una trayectoria completamente definida desde el comienzo; cada experiencia fue abriendo la posibilidad de avanzar hacia la siguiente.

– La retina es una subespecialidad dentro de una especialidad ya acotada. ¿Cuándo supo que quería ir tan profundo en ella?

Durante mi residencia en Barcelona tuve cada vez más contacto con estos pacientes y con la cirugía vitreorretiniana. La retina reúne muchas de las características que más me atraían: casos complejos, decisiones difíciles, tecnología avanzada y una combinación muy estrecha entre manejo clínico y cirugía. Me impresionaba que, incluso en situaciones muy complejas, una cirugía bien planificada pudiera devolver visión o evitar una pérdida visual irreversible. Ahí comprendí que quería profundizar en esta área.

  • Su fellowship en Montreal es descrito como uno de los programas más exigentes del mundo en retina. ¿Qué lo distingue?

Comenzábamos alrededor de las 7:30 de la mañana y permanecíamos en pabellón hasta aproximadamente las 16:00 horas, con jornadas de entre ocho y doce cirugías diarias. Después comenzaba la consulta médica hasta las 19:00 o 20:00 horas. Ese ritmo se mantenía de lunes a viernes, con controles los sábados y turnos de urgencia semana por medio. Fue extremadamente exigente, pero esa intensidad se traducía en una exposición clínica y quirúrgica excepcional. Pude enfrentar de forma sistemática casos de alta complejidad y compartir con fellows de instituciones como Harvard, Stanford, Mayo Clinic y Johns Hopkins. Uno de los principales aprendizajes fue comprender que no existe una única técnica correcta para todos los pacientes. Montreal me enseñó a planificar mejor, anticipar complicaciones y ser más prudente. En retina, muchas veces la mejor cirugía no es la más espectacular, sino la que resuelve el problema generando el menor trauma posible.

  • ¿Cómo ve el acceso a la cirugía de retina en Chile hoy?

Chile cuenta con excelentes especialistas y centros capaces de realizar cirugía de retina al más alto nivel. El GES ha contribuido de manera muy importante: la incorporación de la retinopatía diabética y el desprendimiento de retina ha permitido establecer garantías de acceso y protección financiera para un número significativo de pacientes. Aun así, persisten algunas brechas en la atención oportuna según ubicación geográfica, tiempos de espera y disponibilidad local de especialistas. En retina el tiempo es especialmente importante: un desprendimiento o una endoftalmitis no siempre pueden esperar semanas. El desafío no es solo contar con buenos cirujanos, sino seguir fortaleciendo las redes de diagnóstico, derivación y tratamiento.

  • La carrera de Medicina UNAB cumple 25 años. ¿Qué sello le dejó esa formación?

Me dejó principalmente un sello de perseverancia, adaptación y responsabilidad personal. Pertenecíamos a una escuela relativamente joven, por lo que existía una sensación de que debíamos demostrar constantemente nuestras capacidades y contribuir a construir el prestigio de la institución. La universidad me entregó las bases médicas, pero también aprendí que la formación no termina con el egreso. Desde que egresé, la medicina chilena se ha vuelto mucho más tecnológica y subespecializada. El desafío actual es aprovechar esa tecnología sin perder la relación humana. Un equipo sofisticado puede aportar información extraordinaria, pero no reemplaza la capacidad de escuchar, explicar y acompañar a una persona que está enfrentando una enfermedad.

  • ¿Qué le diría a los estudiantes que hoy se forman en la misma escuela donde usted comenzó?

Que una trayectoria internacional no comienza teniendo todos los pasos definidos. Se construye haciendo bien el trabajo que corresponde en cada etapa y estando dispuesto a salir de la zona de confort. Ese camino muchas veces requiere una gran capacidad de resistencia: enfrentar rechazos, rendir exámenes difíciles, adaptarse a otros idiomas y comenzar nuevamente en lugares donde nadie conoce el trabajo previo. También puede haber momentos de bastante soledad. Por eso es importante tener claro el objetivo, pero también aprender a buscar apoyo. Los mentores, la familia y los colegas pueden ser fundamentales. Y finalmente, les diría que es posible formarse en Chile y proyectarse internacionalmente. El origen no determina hasta dónde puede llegar una persona.