28 Mayo 2026

25 años de Medicina UNAB | Dr. Luis Felipe Varela, primer egresado: “Fuimos parte de la construcción de una escuela”

A 25 años de Medicina UNAB, el psiquiatra y académico recuerda los desafíos de las primeras generaciones, la formación en el Hospital El Pino y las experiencias que marcaron el origen de la escuela.

Hace 25 años, la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello comenzaba a abrirse camino en un escenario marcado por la incertidumbre y los desafíos propios de una escuela en formación. Con una generación pequeña y una estructura que recién comenzaba a consolidarse, estudiantes y docentes fueron dando forma a un proyecto académico que hoy cumple un cuarto de siglo.

Luis Felipe Varela

El Dr. Luis Felipe Varela, psiquiatra, académico y primer egresado de Medicina UNAB, fue parte de ese proceso fundacional. Desde su experiencia, recuerda el ambiente de aquellos años, el impacto de docentes que marcaron su formación y cómo la dedicación de estudiantes y profesores permitió construir una escuela que hoy cuenta con una sólida trayectoria en pre y postgrado.

Usted fue el primer egresado de Medicina UNAB. ¿Qué recuerdos tiene de esos años iniciales y cómo describiría el ambiente académico de una escuela que recién comenzaba?
En general, tengo muy buenos recuerdos. Éramos un grupo diverso, pero con buenas relaciones y mucho sentido de pertenencia. Había incertidumbre, naturalmente, pero también tuvimos la suerte de encontrarnos con profesores extraordinarios en momentos muy importantes de la formación.
Recuerdo al profesor Mandiola en Anatomía, a Jaime Eyzaguirre en Bioquímica, al doctor Guido Mora en Microbiología y a los doctores Werner Apt y Jorge Sapunar en Parasitología. Había asignaturas muy sólidas y otras que cambiaban bastante, lo que nos obligaba a estudiar mucho y a desarrollar criterio propio.
También recuerdo con especial aprecio las clases de semiología con el doctor Humberto Reyes. Nunca olvidaré cuando nos dijo que “los pulpejos son el mejor regalo que Dios nos ha dado para examinar”. Ahí entendí la delicadeza y profundidad que puede alcanzar un buen examen físico.

Otro momento decisivo fue la llegada del doctor Pedro Uribe y posteriormente del doctor Jaime Contreras. Con ellos, la organización de la escuela y la facultad comenzó a consolidarse de manera mucho más clara.

¿Cuáles eran los principales desafíos que enfrentaban como estudiantes?
Éramos un grupo pequeño, alrededor de 40 estudiantes al inicio y cerca de 20 al egreso. Eso hizo que se generara un vínculo importante entre nosotros. Las diferencias existían, por supuesto, pero el desafío externo ayudó mucho a consolidar un sentido de pertenencia.
Recuerdo que en las primeras semanas estábamos en República esperando que alguien nos mechoneara, pero eso nunca pasó porque nadie sabía que existíamos como primera generación de Medicina.
Y eso se repetía constantemente. Uno decía que estudiaba Medicina en la Andrés Bello y la respuesta habitual era: “¿La Andrés Bello tiene Medicina?”. Había que validarse permanentemente como estudiantes de una universidad que todavía no tenía historia previa en Medicina.

Hospital El Pino y el descubrimiento de la psiquiatría

¿Qué experiencias marcaron su formación y siguen influyendo en su trabajo como psiquiatra y docente?
Pienso principalmente en tres cosas: el encuentro con el Hospital El Pino, el curso de Psiquiatría dirigido por la doctora Verónica Larach y la creación de la obra de teatro “La llamada”.

La formación en el Hospital El Pino fue fundamental. Era un espacio donde realmente podíamos aprender haciendo. Quienes se interesaban por cirugía podían operar mucho, quienes preferían medicina interna tomaban pacientes a cargo y todos adquiríamos experiencia clínica muy directa. Hasta hoy trabajo ahí y sigo sintiendo ese vínculo con el hospital y con la comunidad que lo sostiene.

En cuarto año tuvimos un curso semestral de Psiquiatría dirigido por la doctora Verónica Larach, quien terminó siendo una figura muy importante en mi formación. Tuvimos clases con algunos de los mejores psiquiatras de Chile de esa época, justo cuando comenzaba a consolidarse el texto de SONEPSYN. Ahí nació definitivamente mi interés por la psiquiatría.
Después vino otro hito muy significativo: la creación de la obra de teatro “La llamada”, junto a mis grandes amigos Pedro Swinburn, Blas Alid y Sebastián Acevedo (QEPD). Todos teníamos inquietudes artísticas que habían quedado algo relegadas por la intensidad de la carrera.

El Dr. Varela junto a sus compañeros de la primera generación de Medicina UNAB.

El Dr. Varela junto a sus compañeros de la primera generación de Medicina UNAB.

Trabajamos durante más de un año en el proyecto. Pedro escribió el guion, Sebastián y yo compusimos gran parte de la música y se sumaron estudiantes de distintos cursos en tareas artísticas y audiovisuales. Incluso contamos con el apoyo del doctor Pedro Uribe, quien nos ayudó a conseguir una sala de ensayo. Finalmente presentamos la obra en la Casona de Las Condes y tuvo una recepción muy positiva. Fue una experiencia profundamente formativa y humana.

“La resiliencia y la dedicación han sido parte del sello”

Desde su perspectiva, ¿qué sello distintivo tenía la formación en Medicina UNAB en esos primeros años?
Creo que en ese momento el principal objetivo era salir adelante y consolidar el proyecto. Tal vez todavía no existía un sello tan definido, porque la escuela estaba construyéndose, pero sí había rasgos muy claros: resiliencia, capacidad de enfrentar dificultades y mucha determinación.
Y algo que sigo viendo hasta hoy es la genuina dedicación de los docentes hacia los estudiantes. Yo mismo me quedé haciendo clases durante varios años y siempre percibí mucho entusiasmo y compromiso de parte de quienes integran la escuela.

También creo que la Escuela de Medicina tiene todavía un enorme potencial de crecimiento dentro de la universidad. No digo que deba ocupar un lugar privilegiado, pero sí pienso que tiene una capacidad y una solidez que, mientras más se reconozcan, más frutos pueden dar a nivel nacional e internacional.

Una escuela mucho más madura y sólida

¿Cómo evalúa la evolución de la carrera desde sus inicios hasta hoy?
La evolución ha sido enorme. La calidad de la formación hoy es muy alta y la organización académica ha madurado muchísimo en estos años.
Recuerdo que en nuestra época hubo cambios frecuentes de profesores, ramos e incluso de malla curricular, por lo que muchas veces debíamos complementar con largas horas de estudio personal. Hoy, cuando veo internos, veo estudiantes muy sólidos tanto en conocimientos como en desempeño práctico.
Ha sido muy importante el desarrollo impulsado en los últimos años por autoridades como el doctor Patricio Burdiles, la doctora Cynthia Zavala y la doctora Carolina Berríos, quienes han fortalecido mucho los procesos académicos y administrativos.
Y algo que me parece especialmente significativo es cómo la escuela logró proyectarse hacia la formación de especialidades. Yo formé parte de la primera generación de psiquiatras formados en la universidad y hoy integro el comité académico del programa de especialización. Ver ese crecimiento ha sido muy importante.

La Medicina al cuidado de las personas

¿Qué mensaje le daría a las nuevas generaciones de estudiantes de Medicina UNAB?
Hace poco escuché al decano, el doctor Patricio Burdiles, hablar sobre los valores que sostienen la Medicina y creo que eso resume muy bien lo importante.

Los contextos cambian, pero hay principios que permanecen: la excelencia académica, el trabajo bien hecho y el compromiso ético con las personas que llegan a pedir ayuda. Ese debe seguir siendo siempre el centro de la formación médica.

¿Qué mensaje daría a las nuevas generaciones de estudiantes de Medicina UNAB?

Tuvimos el privilegio de escuchar recientemente a nuestro decano, el Dr. Patricio Burdiles, en una conferencia sobre bioética, hablar sobre los valores en los que se sostiene la Medicina y los ideales que uno persigue, sobre los cuales se funda la conducta. Son algo que atraviesa el tiempo y se va adaptando a los distintos momentos. La excelencia académica, el trabajo bien hecho, todo orientado al sentido último de la Medicina —el cuidado de las personas que nos vienen a pedir ayuda— es lo que debe guiarnos siempre.