19 Junio 2026

25 años de Medicina UNAB | «Donde no llega la ciencia, puede llegar el amor»: la filosofía del médico UNAB Óscar González

Óscar González Valdés egresó de Medicina en la UNAB en 2016. Hoy es fisiatra en el Hospital Barros Luco y el INR PAC, y fue reconocido entre los 100 Jóvenes Líderes de El Mercurio.

Cuando Óscar González Valdés ingresó a estudiar Medicina en la Universidad Andrés Bello, su motivación era tan simple como genuina: quería ayudar a las personas. Una década después, esa convicción lo llevó a convertirse en director del Hospital Comunitario de Pichidegua, a liderar ese establecimiento durante la pandemia, a reacreditarlo con éxito y a ser seleccionado entre los 100 Jóvenes Líderes de Chile por el diario El Mercurio. No fue el camino más corto ni el más visible. Fue, en sus propias palabras, el que más lo formó.

Egresado en 2016 tras completar su bachillerato en ciencias también en la UNAB, González Valdés optó por la medicina de zona en la Región de O’Higgins, donde pasó seis años atendiendo a una comunidad rural. Esa experiencia le reveló una dimensión de la medicina que los libros no siempre enseñan: que los diagnósticos ocurren dentro de historias, familias y realidades sociales. Que ser resolutivo y ser humano no son cosas distintas. Y que el vínculo entre un médico y su comunidad puede ser tan terapéutico como cualquier tratamiento. 

Hoy, González Valdés está en una nueva etapa. Luego de especializarse en Medicina Física y Rehabilitación en la Universidad de Chile, trabaja como fisiatra en el Hospital Barros Luco y en el Instituto Nacional de Rehabilitación Pedro Aguirre Cerda (INR PAC), dos centros del sistema público donde lleva su mismo norte: estar donde se puede ser una ayuda real. A 25 años de la creación de la carrera de Medicina de la Universidad Andrés Bello, conversamos con él sobre su trayectoria, sus aprendizajes y lo que le dice a quienes hoy están sentados en las mismas aulas donde él comenzó. 

¿Qué te motivo a entrar a la carrera de Medicina UNAB? 

– Egresé en 2016. Previamente hice bachillerato en ciencias también en la UNAB. Cuando ingresé, mi motivación era bastante genuina y se centraba en querer estudiar una carrera que me permitiera ayudar a las personas y tener un impacto concreto en sus vidas. Con los años esa motivación fue madurando. Uno entra con una idea más general de «ayudar», pero la formación clínica, el contacto con los pacientes y la realidad del sistema de salud te van mostrando que la medicina también implica escuchar, acompañar, tomar decisiones difíciles y entender el contexto en que vive cada persona. 

¿Qué significó trabajar en el Hospital Comunitario de Pichidegua? 

– Fue una de las etapas más importantes de mi vida profesional y personal. Estuve seis años trabajando como médico general de zona y llegué a ser director del hospital. Fue muy formador, porque en un hospital comunitario uno no solo ve enfermedades, sino también familias, redes, ruralidad y determinantes sociales de la salud. Atendíamos a una comunidad rural, con muchas necesidades, pero también con un vínculo muy cercano entre el equipo de salud y las personas. Ese tipo de medicina te obliga a ser resolutivo, humano y muy consciente de que las decisiones médicas no ocurren en el vacío, sino dentro de una realidad social, familiar y económica. 

¿En qué consistía tu rol como director? 

– Tenía una dimensión clínica, pero también de gestión, liderazgo y coordinación de equipos. Implicaba trabajar con distintos estamentos, organizar procesos, buscar mejoras para la atención y responder a las necesidades de una comunidad que muchas veces está lejos de los grandes centros hospitalarios. Fue un desafío especialmente complejo, porque llevaba solo algunos meses en la dirección cuando comenzó la pandemia. Eso nos obligó a adaptarnos rápidamente, reorganizar equipos, enfrentar mucha incertidumbre y sostener la atención en un momento muy difícil para todos. Después de ese período, uno de los grandes focos fue la reacreditación del hospital, un proceso muy exigente que finalmente logramos con éxito. 

¿Qué te llevó a especializarte en Medicina Física y Rehabilitación? 

– Mi experiencia de vida personal y lo vivido en Pichidegua influyeron mucho. Al trabajar en un contexto comunitario, uno se da cuenta de que la salud no termina cuando se hace un diagnóstico o cuando se resuelve una urgencia. Muchas personas quedan con secuelas, dolor, discapacidad, pérdida de autonomía o dificultades para volver a su vida cotidiana. La fisiatría me hizo sentido porque mira al paciente de forma integral: no solo desde la enfermedad, sino desde su funcionalidad, su independencia, su participación familiar, social y laboral. Finalmente decidí hacer la beca en la Universidad de Chile buscando profundizar en esa mirada. 

Fuiste seleccionado entre los 100 Jóvenes Líderes de El Mercurio. ¿Qué significó ese reconocimiento? 

– Fue bonito y significativo, pero siempre lo he visto como algo colectivo. Si bien aparece el nombre de una persona, detrás hay equipos de salud, colegas, funcionarios, pacientes y una comunidad completa que te permite crecer y hacer cosas. Para mí también fue una forma de representar a muchos médicos generales de zona que están a lo largo de todo Chile, muchas veces en lugares alejados de los grandes centros, haciendo patria desde la salud pública y la medicina comunitaria. 

¿Cómo describirías tu etapa actual en el Hospital Barros Luco y el INR PAC? 

– Ha sido muy desafiante. El INR PAC es un centro de derivación nacional en rehabilitación, con equipos de gran experiencia. Para alguien que está recién comenzando como especialista, es un lugar donde hay muchísimo que aprender, tanto desde lo técnico como desde la forma de abordar pacientes con necesidades complejas. Trabajar en el Barros Luco también tiene un sentido muy importante: es una forma de llegar a lugares donde existe una brecha real de especialistas y donde uno puede aportar de manera concreta. Siento que esta etapa me permite unir varias cosas que han marcado mi trayectoria: la salud pública, la mirada comunitaria, la rehabilitación y el deseo de estar donde uno puede ser una ayuda real. 

A 25 años de la carrera de Medicina UNAB, ¿qué le dirías a los estudiantes que hoy están formándose? 

– Que la medicina es mucho más que saber diagnósticos o tratamientos. Eso es fundamental, por supuesto, y hay que estudiarlo con seriedad. Pero no basta. Lo que realmente importa es entender que al frente siempre hay una persona, con una historia, una familia, miedos, expectativas y un contexto. También les diría que no se obsesionen solo con los caminos más tradicionales o visibles. Hay muchas formas de ser médico y de aportar: desde un gran hospital, desde una zona rural, desde la gestión, desde la rehabilitación, desde la docencia o desde la salud pública. Lo importante es encontrar un lugar donde uno pueda servir con sentido y no perder la humanidad. Hay una frase que me gusta mucho: donde no llega la ciencia o el quehacer médico, siempre puede llegar el amor. 

¿Cuál es tu próximo gran desafío? 

– Consolidarme como fisiatra y seguir desarrollándome en rehabilitación desde el sistema público. Me interesa aportar a que esta área tenga cada vez más espacio y reconocimiento, porque es fundamental para mejorar la calidad de vida de las personas. Creo que hoy la salud no puede medirse solo en sobrevivir o tratar una enfermedad. También tiene que ver con autonomía, dignidad, funcionalidad y participación. Ese es el desafío que me mueve: seguir acompañando a pacientes y familias en procesos de recuperación y reconstrucción de sus vidas.