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Escrito por

Por

Fernando Peña

Director Desarrollo Estudiantil

Universidad Andrés Bello Concepción

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Tristeza y angustia ha causado en algunas comunidades educativas los suicidios que se han registrado en el último tiempo, donde alumnos que, atormentados por circunstancias adversas, tomaron la radical decisión de acabar con sus vidas. Las universidades, en los últimos años, se han visto obligadas a crear políticas de bienestar y autocuidado para acompañar el transitar de los estudiantes al interior de sus campus, no solo en el suicidio, sino también en otros temas tan complejos como la violencia en el pololeo, la prevención de enfermedades de transmisión sexual, problemas con el alcohol y las drogas, etc. ¿Cuánto inciden algunas de estas conductas en el éxito académico de un alumno? ¿Qué rol tienen las universidades en la formación de sus estudiantes?

Para contestar lo anterior, lo primero es aceptar que la edad en que ingresan a la universidad la mayoría de los alumnos (18-20 años), no es garantía de madurez. Entrar a la universidad no implica que el alumno haya culminado la formación de su personalidad, ni menos, que haya conquistado grados de autorrealización suficientes para gobernar en plenitud su existencia. Aceptar lo contrario induce a reforzar la nociva idea de que el trabajo académico se reduce  a la transfusión de conocimientos entre profesores y alumnos, desconociendo así la labor transformadora que ejercen (para bien) los profesores sobre los jóvenes al interior del aula.  En dicha dirección, es que la Universidad Andrés Bello ha hecho pública hace unos días su nueva “Política de Convivencia, Inclusión y Promoción del Respeto”, que busca crear canales abiertos de denuncia, promoviendo en el quehacer docente los valores institucionales que dibujan el  proyecto educativo de la UNAB: Excelencia, responsabilidad, pluralismo, respeto e integridad; palabras que sin un debido marco de acción, corren el riesgo de transformarse en elementos meramente decorativos.

Si asumimos que educar el correcto uso de los afectos no es lo mismo que consentir en forma alguna con el sentimentalismo moderno, debemos entonces también asumir que es tarea de las universidades vincularse con el entono psico-emocional de sus estudiantes, y entender las labores de Bienestar más allá del tradicional enfoque asistencial y reactivo. Como bien nos advirtió C.S Lewis hace ya casi medio siglo atrás, “el rol del educador moderno no es el de talar bosques, sino el de irrigar desiertos”.

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