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Con motivo del Día Internacional de Conmemoración Anual de las Víctimas del Holocausto, el académico de la Licenciatura en Historia UNAB, Mario Prades, en su carta al director Los hundidos y los salvados, publicada en El Mostrador, aborda la necesidad de “recordar a las víctimas, conmemorarlas y hacerles justicia” así como también de reflexionar “sobre aquello de lo que el ser humano es capaz” y evitar así “la posibilidad de la repetición”.

Los hundidos y los salvados

El pasado 27 de enero se celebró el Día Internacional de Conmemoración Anual de las Víctimas del Holocausto. La fecha conmemora la llegada de las tropas soviéticas al campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, hace ya 73 años. A partir de ese momento, las cámaras de gas y los crematorios se impondrían como una de las realidades más macabras del siglo XX. ¿Cómo pudo desarrollarse, en el corazón de la Europa más culta y cosmopolita, semejante maquinaria de opresión, aniquilamiento y genocidio?

Por desgracia, el Holocausto no es un caso único de genocidio a lo largo del pasado siglo. Sin embargo, como recuerda Primo Levi, la excepcionalidad del caso alemán reside en su magnitud y calidad: “nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad”.

Un aspecto clave que explica esta capacidad de destrucción reside, sin duda, en “la zona gris”, que Levi describe en su obra Los hundidos y los salvados –última parte de una fundamental trilogía sobre su experiencia en el campo de concentración de Auschwitz–. Para él, la división en víctimas y verdugos, inocentes y culpables, buenos y malos, constituye una simplificación que no hace justicia a una realidad mucho más compleja. Entre ambos frentes existió una extensa zona gris de indefinición moral, habitada, por ejemplo, por los prisioneros que obtuvieron beneficios ayudando a los oficiales nazis; por los patriarcas de los guetos, obedientes subordinados de los jerarcas alemanes; o, en un caso extremo, por los miembros de los sonderkommando, en su mayoría judíos reclutados para revisar los cadáveres en busca de objetos de valor y llevarlos, luego, a los hornos crematorios.

Sería presuntuoso juzgar moralmente a estas personas sin tener siquiera una pequeña noción de los tormentos por los que pasaron. Levi no lo hace, su intención es otra: “proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana”. Es así como muestra la capacidad del sistema de exterminio nazi para degradar a sus víctimas no solo física, sino también moralmente: para quitarles su dignidad. Los mismos supervivientes se sintieron, en muchos casos, avergonzados de salir con vida de un lugar que había aniquilado a personas que consideraban moralmente mejores. El mismo Levi es una prueba de ello cuando afirma que los buenos fueron los que no volvieron de los campos, que los supervivientes pagaron, en ocasiones, un alto precio por su regreso.

Resulta necesario recordar a las víctimas, conmemorarlas y hacerles justicia. Por eso, como el mismo Levi admite, son importantes las ceremonias, las banderas y los monumentos que las identifican sin ambivalencias y permiten comprender todo el dolor que padecieron. Pero las conmemoraciones no pueden hacernos a olvidar la pregunta que nos lanza el sistema de los campos de concentración, una interrogación que se dibuja sobre el fondo oscuro del alma humana y que nos interpela a todos.
Las visitas a memoriales, a antiguos campos de concentración, las ceremonias, los días de recuerdo, de nada sirven si, reducidos a turistas de las emociones y el horror, no nos llevan a una reflexión sobre aquello de lo que el ser humano es capaz. Si no nos mantienen, así, atentos frente a uno de los mayores temores de Primo Levi: la posibilidad de la repetición.

 

Mario Prades
Académico Licenciatura en Historia
Universidad Andrés Bello

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