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Si hubiera una manera de no representar el suicidio, esta sería con una caja. Sin embargo, así lo encarna Netflix en “13 Reason Why”. Serie de TV que relata la historia de Hannah Baker, una adolescente que se suicida…

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Si hubiera una manera de no representar el suicidio, esta sería con una caja. Sin embargo, así lo encarna Netflix en “13 Reason Why”. Serie de TV que relata la historia de Hannah Baker, una adolescente que se suicida y, en forma de venganza póstuma, deja una caja con 13 audios dirigidos a cada una de las personas que la llevaron a quitarse la vida.

Por esta producción es que Netflix está siendo seriamente cuestionada por distintas asociaciones especializadas en salud mental, quienes la acusan de normalizar y legitimar el acto del suicidio. Algunas de estas críticas, incluso, han llegado a sostener que el programa romantiza la decisión de quitarse la vida y desarrolla fantasías de venganza. Pero aquí no voy a entrar en el análisis psicológico –que no me corresponde– sino que da darle una mirada desde la comunicación.

Pese a los cuestionamientos, la plataforma de vídeo online cada vez suma más seguidores. Hacia fines de 2016, la firma norteamericana anunció el incremento trimestral de abonados más importante registrado desde su lanzamiento, en 2006. El éxito de este verdadero fenómeno podría entenderse por el atractivo que despierta una de sus principales cualidades: la oportunidad que brinda de elegir lo que nos gusta ver cuándo y dónde queramos. Algo que Umberto Eco llama “neotelevisión”, una forma innovadora de ver televisión, pero donde sigue primando el paradigma de los “efectos” y la teoría de los “Usos y Gratificaciones”. Diversos planteamientos teóricos de la comunicación que no hacen más que preguntarse por lo que la TV le hace a la gente y lo que la gente le hace a la TV. De ahí nacen los cuestionamientos respecto a lo que podría provocar en los televidentes productos como “13 Reason Why”.

En relación a este tema, recuerdo que hace algún tiempo el comunicólogo español Manuel Martin Serrano hizo un balance de las investigaciones sobre la influencia de la televisión en las personas y su trabajo dio como resultado que existe un equilibrio entre quienes sostienen su influencia negativa y quienes afirman lo contrario. Sin contar a aquellos que se inclinan por pensar que es más perjudicial la violencia real que muestran los noticiarios y documentales.

Esto pone en evidencia que se trata de un asunto que está lejos de zanjarse, una característica propia de los fenómenos de la comunicación. Mientras este debate continúe abierto, prefiero inclinarme por la reflexión final del académico español, quien con gran asertividad concluye que “cualquiera, según sus inclinaciones o intereses, puede describir la televisión como Mary Poppins o como el Dr. Jekyll”, o más sencillamente –como en mi caso– estar consciente de que se trata sólo de fantasía.

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