Centros

Eduardo Castro visitó la Península Byers, en la Isla Livingston, para continuar con la recolección de muestras de suelo de las plantas endémicas de la zona. Esto para estudiar a fondo sus propiedades aplicables en agricultura.

Escrito por

Escrito por: Loreto Valenzuela, CBIB

Tanto por sus características geográficas como climáticas, Chile representa un espacio abierto para que científicos -nacionales e internacionales- puedan estudiar el comportamiento de diversos organismos en ambientes tan extremos como el desierto o la Antártica.

Para aprovechar la biodiversidad que dichos ambientes generan, el experto del Center for Bioinformatics and Integrative Biology (CBIB), Dr. Eduardo Castro, lleva varios meses participando de las expediciones científicas organizadas por el Instituto Chileno Antártico de Chile (INACH), las que han tenido como objetivo entender cómo los microorganismos que existen en la Antártica pueden ayudar a algunas plantas a tolerar “estados de estrés”, como aguas con alta salinidad.

Para eso, se tomaron muestras de suelos asociado a la raíz de las únicas dos plantas vasculares nativas de la Antártica, Deschampsia Antarctica y Colobanthus Quitensis. “La primera es resistente a la salinidad, lo que hace que pueda crecer en lugares más costeros, mientras que la segunda crece en lugares donde hay menos viento y agua dulce, como entremedio de roqueríos”, detalla Eduardo Castro.

Uno de los descubrimientos más importantes de esta expedición es que la Colobanthus Quitensis también puede crecer en lugares costeros con alta salinidad cuando crece en conjunto con la Deschampsia Antarctica, lo que indicaría que, en conjunto, pueden potenciar aún más sus propiedades.

“De hecho, colaboradores de la Universidad de Talca ya han aislado hongos de la rizósfera (la parte del suelo inmediata a las raíces vivas) de la D. Antarctica y se los han transferido a C. quitensis y a lechugas. Luego de esta especie de trasplante, éstas han logrado crecer más eficientemente en aguas con alta salinidad”, cuenta el investigador.

La idea es, en el futuro, ampliar el terreno cultivable de Chile al tener la capacidad de hacer crecer plantas en lugares salinos, además de poder usar agua de mar o salobre, (aquella que tiene más sales disueltas que el agua dulce, pero menos que el agua de mar) para regadíos.

“El fin último de esta investigación es poder manipular cultivos de importancia para la sociedad chilena como tomates, lechugas, entre otros, para que puedan crecer en lugares con alta salinidad”, destaca Eduardo Castro.

El equipo de investigadores que fue parte de la expedición estuvo constituido por el Dr.Jorge Gallardo, de la Universidad de Talca, y la Dra. Florence Gutzwiller, investigadora Postdoctoral perteneciente al laboratorio del Dr. Castro.

La expedición en detalle

Durante la expedición, que duró 26 días y partió el 28 de enero, se tomaron aproximadamente cien muestras de suelo y plantas con las cuales se utilizará secuenciación masiva para investigar la composición de la rizósfera y de los suelos de la isla.

Con respecto al viaje en sí, el experto en genómica del CBIB cuenta que experimentaron de todo: Vientos con ráfagas de 80 kms por hora, frío bajo cero, días nublados y soleados, caminatas sobre glaciares, esqueletos de aves y mamíferos marinos incluyendo ballenas, fósiles de helechos y árboles que se extinguieron hace millones de años.

“Es importante destacar la tremenda oportunidad que tenemos como investigadores chilenos de realizar este tipo de ciencia, y el gran esfuerzo de CONICYT, el Instituto Antártico Chileno, y las Fuerzas Armadas para proveer fondos y logística”, dice Eduardo Castro.

“También es impactante el hecho de cómo un lugar tan desolado y fuera de grandes intervenciones humanas puede ser útil para los ciudadanos y que, a través de de la ciencia, se pueden entender y manipular interacciones ancestrales entre plantas y microorganismos”, finaliza.

 

Noticias relacionadas

Share This